El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, está incurriendo en una clamorosa dejación de funciones. El incumplimiento del deber es manifiesto y de una grosería sin límites, hasta el punto de que a nadie le debería extrañar que el jefe del Ejecutivo fuera imputado por eso. O también por eso. Y es que mientras Ceuta sigue abandonada a su suerte, con miles y miles de individuos de la peor catadura campando a sus anchas por la ciudad, Sánchez estaba dispuesto a dar un paso más en la traición al reanudar sus vacaciones.
Finalmente, parece ser que el viaje a Andorra se ha suspendido, pero ha quedado constatado que el presidente del Gobierno está actuando de un modo incomprensible incluso desde el punto de vista de su propio interés político y sólo la presión de la opinión pública e incluso de parte de su partido y de su círculo de confianza han impedido que se materialice lo que de todas formas es un escándalo.
No tiene ningún sentido que los españoles no hayan escuchado todavía una explicación cabal y plausible o todo lo contrario sobre lo que está ocurriendo en Ceuta desde hace cuatro semanas. Que el presidente del Gobierno no se haya pronunciado en público en 28 días es tan inexplicable como intolerable. Los ciudadanos de Ceuta se merecen como mínimo que Sánchez dé la cara, que no se esconda detrás de un incompetente como Ángel Víctor Torres. Con ese comportamiento, la sensación de bochorno, de derrota, de debilidad, de incompetencia delictiva que emana de Sánchez y el sanchismo es absolutamente letal.
Estamos en manos de un Gobierno con gente capaz de pisotear la profesionalidad de los servicios de inteligencia para salvar su cargo, de ineptos y acomplejados que no osan molestar a la embajadora de Marruecos pero que son capaces de causar un conflicto diplomático sin precedentes con Italia; de una individua que primero niega el colapso sanitario y ahora anda mendigando vacunas para los invasores; de otra ministra que mintió cuando dijo que había avisado a las autoridades ceutíes de la evacuación de quinientas niñas. En suma, en manos de un hatajo de inútiles a los que la defensa de la integridad territorial de España y la defensa de los españoles les queda grande, objetiva e irremediablemente grande.
No están capacitados. Son muy buenos para la propaganda, para la manipulación, para echar la culpa al PP, para las adjudicaciones irregulares y demás especialidades del catálogo de la corrupción, pero garantizar la seguridad y dignidad de los ceutíes les supera. Ellos no vinieron al Gobierno a defender a los españoles. Está claro. Sin embargo, es que ni siquiera se molestan en disimularlo. El gesto de Sánchez de largarse a Andorra en medio de esta crisis habría tenido una gravedad con un único precedentes: las eternas vacaciones que ha pasado en La Mareta.
La actitud de Sánchez, su forma de desentenderse de esta crisis, es también una invitación al vecino marroquí para que haga lo que quiera, barra libre para sus intolerables ambiciones territoriales. Y una ofensa a la ciudadanía española que impacta con especial saña y desprecio en los ciudadanos de Ceuta.
En principio está previsto que comparezca en el Congreso el próximo 3 de septiembre. Habrá pasado más de un mes desde la invasión marroquí. El hombre que lo paró todo durante cinco días porque su mujer había sido imputada no ha considerado oportuno interrumpir su descanso ante la desesperada situación de más de ochenta mil ceutíes en un asunto que afecta a la integridad de España y a la seguridad de los españoles. Ni siquiera los más acérrimos partidarios tienen una explicación sostenible para semejante comportamiento.

