
Durante años, los armenios han vendido sus frutas, sus vinos y su famoso coñac a Rusia con la misma naturalidad con la que cruzaban las montañas del Cáucaso. Moscú era el gran mercado al que recurrían sus agricultores y empresarios, pero también el aliado en el que confiaban para garantizar su seguridad. Hasta que llegó el día en que Armenia pidió ayuda y esta no llegó. Desde entonces, la antigua república soviética ha empezado a mirar hacia Europa. El problema es que el Kremlin no suele encajar bien que uno de los suyos quiera marcharse.
El próximo 7 de junio, Armenia celebrará sus elecciones parlamentarias, unos comicios que podrían consolidar ese giro proeuropeo. Pero Vladímir Putin ha irrumpido en la campaña electoral y ha cerrado las fronteras a las exportaciones de productos armenios. Nada como una leve asfixia económica para recordar a los armenios cuánto dependen de Rusia.
Primero fueron algunas marcas de vino y coñac. Después llegaron las restricciones a flores, verduras y agua mineral. Esta misma semana Rusia ha dado una nueva vuelta de tuerca al prohibir las importaciones de pescado armenio y, apenas unas horas después, de cerezas, albaricoques, ciruelas, melocotones, nectarinas y uvas.
Oficialmente, las autoridades rusas dicen que hay problemas sanitarios y que se han detectado irregularidades en los controles de calidad. Pero pocos creen que los problemas sanitarios aparezcan por casualidad justo cuando los ciudadanos están a punto de acudir a las urnas.
El día que Rusia no acudió
Para entender el conflicto hay que remontarse a esa traición que cambió la política armenia. Durante décadas, Armenia fue uno de los aliados más fieles de Rusia en el espacio postsoviético. La pequeña república caucásica dependía de Moscú para su seguridad y veía al Kremlin como su principal protector frente a Azerbaiyán, su gran rival regional.
Todo cambió en 2023. Armenia perdió el control de Nagorno Karabaj, un territorio que tras décadas de disputas, se quedó finalmente Azerbaiyán. Más de 100.000 personas huyeron de sus hogares en cuestión de días. Sin embargo, para muchos armenios, lo peor no fue la derrota, sino comprobar que Rusia, su gran aliado, apenas movió un dedo para impedirla.
Desde entonces, el primer ministro Nikol Pashinián ha impulsado un acercamiento progresivo a la Unión Europea y a Estados Unidos. Moscú considera ese movimiento una amenaza directa a su influencia en el Cáucaso. Y como los tanques están en Ucrania, el Kremlin ha recurrido a otra de sus armas favoritas: el comercio.
Votar bajo presión
Las restricciones de las exportaciones de productos armenios se producen apenas unos días antes de las elecciones parlamentarias del próximo 7 de junio, unos comicios que muchos analistas interpretan como una elección entre dos caminos: mantener el acercamiento a Occidente o recuperar una relación más estrecha con Moscú.
Las encuestas sitúan como favorito al primer ministro Pashinián, precisamente el dirigente que más ha cuestionado la dependencia histórica de Rusia. Sin embargo, Putin ha exigido a las autoridades armenias convocar cuanto antes de un referéndum para que el pueblo del país caucásico elija entre la UE y la Unión Económica Eurasiática encabezada por Moscú.
El ministro de Economía armenio, Guevorg Papoián, ha intentado quitar hierro a la cadena de restricciones impuestas por Rusia. Asegura que las partes llegarán a un entendimiento después de las elecciones. Hasta entonces, los camiones de fruta se quedarán parados en la frontera como aviso para navegantes: alejarse de Moscú tiene un precio.
