Keir Starmer
Hoy, un Laborismo anestesiado y castrado se enfrenta a un fenómeno que lo desborda por completo: la irrupción en escena del precariado.
La definitiva deriva hacia la nada del laborismo que a estas horas todavía lidera el amorfo Keir Starmer es el relato de 126 años de historia vendida a precio de saldo en el mercado de la claudicación ideológica. Aunque Starmer, hoy cercado en Westminster y al borde de una dimisión inminente, no es la causa del desastre sino el síntoma de una decadencia que comenzó hace más de tres décadas. Porque la crisis actual del partido se gestó cuando Tony Blair parió aquella criatura de laboratorio llamada Tercera Vía, sentenciando que el Laborismo debía dejar de ser laborista y abrazar el credo del Consenso de Washington, además de sustituir la crítica del libre mercado por la interiorización del relato meritocrático propio del pensamiento liberal. Así fue como el Partido de los mineros pasó a ser el de los consultores de la City.
Hoy, ese Laborismo anestesiado y castrado se enfrenta a un fenómeno que lo desborda por completo: la irrupción en escena del precariado. Esa nueva clase social, atrapada en la volatilidad de los contratos de cero horas, el pluriempleo digital y una ansiedad económica crónica, ya no encaja dentro de las categorías de la izquierda clásica. Son ciudadanos con altos niveles de estudios pero ingresos de subsistencia, a los que el recetario tópico y convencional de Starmer no ofrece absolutamente nada.
Huérfano de respuestas, ese precariado ha emprendido una desbandada en dos direcciones opuestas. Por un lado, los sectores urbanos y universitarios castigan la anodina mediocridad tecnocrática de Starmer refugiándose en unos Verdes que, al menos, conservan la pose rebelde. Por el otro, los hijos de la periferia desindustrializada entregan su fe a la extrema derecha de Reform UK, que capitaliza la ira de los que carecen de laureles académicos ante el no futuro que les ofrece el sistema. Starmer es un contable honrado, pero su inminente caída demuestra que los contables honrados no pueden contener la angustia de una sociedad en descomposición. El drama de Starmer, en fin, es el drama de toda la izquierda europea: la constatación de que la socialdemocracia está muerta, pero todavía no lo sabe.
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