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Emilio Campmany

Nadie nos quiere

Marruecos se ríe de nosotros, Argelia nos vende el gas a regañadientes, Trump nos insulta y China nos difama. Cuando Israel eche a Hamás de Gaza habremos perdido al último amigo que nos queda.

18 de mayo de 2026, Pekín: Donald Trump entra en el Salón de Oración de la Buena Cosecha acompañado por el presidente chino Xi Jinping. | EUROPA PRESS

El artículo de Modern Diplomacy, del que se ha hecho eco El Mundo, sugiere que el Mosad está detrás de lo de Ceuta. Al parecer, los servicios de inteligencia chinos están convencidos de que fue así. La información no parece muy fiable porque también dice que algunos Estados miembros de la Unión Europea quieren expulsarnos de la organización por ser un coladero de inmigrantes ilegales. Nadie allí ha planteado tal cosa ni hay fórmula legal para lograrlo. Por lo tanto, tal vez lo otro sea igualmente falso. Ahora bien, la cuestión en este caso no es si es verdad o no. La cuestión es por qué el Gobierno chino tiene interés en difundir semejante cosa.

Hasta hace unas semanas, éramos los mejores amigos de los comunistas chinos en Europa. Sánchez ha viajado en cuatro ocasiones a Pekín en los últimos tiempos. Y hemos defendido los intereses industriales del gigante asiático en Bruselas intentando, con escaso éxito, es verdad, contener la imposición de aranceles a su industria. ¿Y nos lo pagan poniéndonos en la picota? Y encima, ¿sin fundamento?

Cabe que en el cambio de actitud de Xi Jinping tenga algo que ver la caída de Zapatero. Nuestro expresidente se ha desgañitado propagando entre nosotros la fe multilateral, la que niega la existencia de un solo dios y proclama que hay al menos otro, China. Y que éste es más misericordioso y comprensivo que el vengativo e iracundo que reina en Washington. Hoy sabemos que no lo hacía porque fuera un fiel creyente, ya que siempre fue un descreído agnóstico, interesado tan sólo en pecar de simonía. La imputación del apóstol del dios comunista ha hecho que entre nosotros esté en entredicho la entera religión. Hasta el punto de que Sánchez también ha dejado abruptamente de profesarla para evitar acabar siendo acusado del mismo pecado simoníaco. Tampoco el chino quiere empezar a ser tachado, en vez de hábil proselitista del multilateralismo ecuménico, de lo que a la postre ha sido con el PSOE, un vulgar corruptor, comprador de voluntades que se vendían, según sus cánones, más baratos que un secretario de organización.

La consecuencia de la política exterior de Sánchez, ésa en la que El País dice que el intonso brilla por ser en aguas abiertas donde mejor nada, no puede ser más descorazonadora ya que apenas nos queda un amigo. Marruecos se ríe de nosotros, Argelia nos vende el gas a regañadientes, Trump nos insulta, Europa nos cierra Schengen, Reino Unido nos ignora, Israel nos pisotea, China nos difama y ni siquiera Turquía o Irán se acuerdan del santo de nuestro nombre. Cuando Israel logre echar a Hamás de Gaza, habremos perdido al último amigo que nos queda. Menos mal que es la política exterior lo que se le da bien al príncipe de La Mareta, que si llega a dársele mal…

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