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Cuando el silencio prepara el terreno: el euro digital ya viene a por ti

El euro digital avanza sin debate. Pese a venderse como modernización, amenaza la privacidad y el control estatal sobre nuestro dinero y libertad.

Hay decisiones políticas que se anuncian a bombo y platillo. Otras, en cambio, avanzan justo cuando el debate público se ha apagado. El euro digital pertenece a esta segunda categoría. Mientras la atención ciudadana se dispersa entre una amenaza perenne de guerra, polémicas sobre el color del gato del corruptus máximus del reino y titulares de consumo rápido, las instituciones europeas avanzan sin tregua en la mayor transformación económica de la historia universal. Los españoles, al igual que el resto de europeos, la sufriremos en nuestro bolsillo. Y, sin embargo, apenas se trata con la seriedad que merece.

El argumento oficial es conocido: soberanía europea, modernización del sistema de pagos, autonomía estratégica frente a gigantes tecnológicos y potencias extranjeras… Sobre el papel, suena razonable. Pero toda arquitectura de poder que se presenta como meramente técnica merece una vigilancia redoblada. Porque lo que se discute aquí no es solo un nuevo instrumento de pago, sino la relación futura entre el ciudadano, el dinero y el Estado.

La primera gran inquietud es la privacidad. Se insiste en que habrá mecanismos de pseudonimización, pero conviene no dejarse seducir por el tecnicismo. Pseudonimizar no equivale a anonimizar. Significa, en esencia, sustituir un nombre por una etiqueta, sin eliminar la posibilidad de reconstruir la identidad real por parte del Banco Central Europeo y sus entidades delegadas (bancos nacionales, haciendas públicas y, quién sabe más, qué, dada la tendencia actual a privatizar y sovietizar las economías europeas). Es decir: podrá no verla cualquiera, pero sí quienes gestionen la infraestructura. En un contexto de creciente centralización de datos, la promesa de intimidad resulta, cuanto menos, insuficiente.

La segunda cuestión es el control. El dinero en efectivo posee una virtud cada vez menos apreciada por las élites burocráticas: funciona sin permiso. No depende de una cobertura, una aplicación, un intermediario ni una validación remota por parte de un ente incógnito, como en la novela 1984. El euro digital, en cambio, nace dentro de una lógica programable, rastreable y potencialmente condicionable. Euro por euro. Da igual que esté en nuestro bolsillo (dentro del wallet de nuestro móvil), el BCE puede "apagar y encender" cada uno de nuestros euros digitales a voluntad remotamente. Hoy se asegura que no se utilizará para imponer restricciones arbitrarias. Mañana, nadie puede garantizarlo. Las herramientas creadas para la eficiencia terminan, a menudo, tentadas por la intervención de algunos seres con sed insaciable de poder, de los que en nuestro país ya estamos acostumbrados a sufrir de tarde en tarde.

También preocupa el coste. El BCE ha avisado de que el despliegue exigirá más de 6.000 millones de euros; la pregunta es inevitable: ¿quién asumirá la factura de una infraestructura cuya utilidad real para el ciudadano medio sigue sin demostrarse? Europa corre el riesgo de construir una maquinaria mastodóntica para resolver un problema que muchos no perciben, mientras deja intactas otras urgencias mucho más tangibles.

A ello se suma un factor político de fondo: la velocidad. Cuando un proyecto de esta magnitud avanza sin un debate social suficiente, el problema no es solo el contenido, sino también el procedimiento. La ciudadanía no puede limitarse a aceptar, instalar y obedecer. Ya tenemos bastante con no elegir nuestros representantes europeos democráticamente como para ceder también nuestros derechos a comprender, a cuestionar y, llegado el caso, a rechazar.

No se trata de demonizar toda innovación, sino de recordar una verdad elemental: el progreso que sacrifica la libertad, la privacidad y la autonomía no es progreso, sino un paso atrás hacia el gobierno de la tiranía. Platón afirmaba que toda democracia termina en tiranía. No creo que imaginara algo tan sórdido como el euro digital. Pero alguien, ahora, sí que está frotándose las manos, siguiendo el manual de instrucciones que el filósofo griego dejó por escrito en La República. Tal vez, para recibir ese euro digital inyectado con vaselina en nuestra sociedad, sea el momento de que todos los ciudadanos hagamos uso de esa maravillosa palabra que algún sabio inventó hace milenios: no. Algunas veces funciona decir no.