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El duelo de España

La Rebelión Cívica es hoy una costumbre arraigada en muchos ciudadanos.

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Tras bajar Príncipe de Vergara desde la boca de metro de Concha Espina hasta la Plaza de la República Dominicana, se tiene la impresión de haber divisado un paisaje familiar. Parecido al que se encuentra en los modernos tanatorios, donde civilizadamente se guarda el obligado luto. Y es que no hay efusión bullanguera alguna, como sí en otras movilizaciones, en esos españoles que a la hora del aperitivo sacan sus cada vez menos apolilladas banderas nacionales para volver a pedir memoria, dignidad y justicia con los mártires de la patria.

La Rebelión Cívica, impulsada hace un lustro por un joven presiente de la AVT que decidió sacar al colectivo de los enmoquetados salones en los que moraba, es hoy una costumbre arraigada en muchos ciudadanos. Costumbre en el mejor sentido de la palabra, con lo que tiene de rutina paralela a esa otra de las pistolas, las capuchas y las ensoñaciones míticas con indudable hedor totalitario. 

Así, las referidas enseñas rojigüaldas, las pancartas con fotografías de atentados y con el rostro de muchos de los más de ochocientos asesinados y lemas como “en mi nombre, no” con el que las víctimas, y quienes les respaldan, han forjado durante estos años una iconografía que perseguirá para siempre a quienes pretender hacerse dueños del relato de lo ocurrido entre festejos por un comunicado terrorista. Por eso, Teresa Jiménez Becerril recordó que su hermano Alberto y su mujer “No venían de ninguna guerra, sino de pasear” cuando los pistoleros etarras decidieron hacer huérfanos a sus sobrinos. Y por eso dijo que no quiere que piensen que ETA ha ganado “Quiero poder mirarlos a los ojos y decirles que sus padres eran mucho mejor que quienes les asesinaron”. Por eso María Jesús González, acompañada de su hija Irene Villa, habló de “La siniestra reunión de quienes hacen caja con nuestras víctimas” en referencia a la llamada Conferencia de Paz de San Sebastián, y pidió que no se olvide el pasado de los batasunos “Cuando se sienten en el Congreso con la complicidad del Gobierno y del Tribunal Constitucional”. 

En la batalla por el relato de lo ocurrido, que no ha hecho más que empezar, las víctimas supieron mostrar con toda su crudeza, sin grandes palabras, la atrocidad de la actividad criminal. La que se llevó por delante un día la inocencia del niño Salvador Ulayar cuando veía en televisión Érase una vez el hombre minutos antes de que mataran a su padre Jesús, o la que impidió que la pequeña Silvia, la hija de Toñi Santiago, pudiera volver a presumir ante su padre de cómo se tiraba a la piscina, antes de pedirle a su madre que la llevara con el primo Borja al McDonalds.

Y en esa batalla estas víctimas, muchas de fuera del País Vasco, no olvidan a quienes allí combaten en primera línea por la democracia, muy presentes en todos los discursos. Viendo las terrazas asestadas de gente mientras unos operarios restablecían la normalidad de la zona norte de la capital, resuena aún más fuerte otro de los lemas de esta rebelión: “No estáis solos”. 

 

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