Las noticias que nos llegan desde Belgrado suscitan el optimismo. Todo parece indicar que la transición serbia puede ser pacífica y rápida. Los miles de seguidores de la oposición no encuentran prácticamente ninguna resistencia por parte del régimen. Una euforia popular reina en las calles.
Mientras los manifestantes pisotean los retratos de Milosevic sacados del edificio del Parlamento, no podemos olvidar que este personaje está todavía en el poder. Y es que los políticos como Milosevic nunca abandonan su cargo por las buenas. Organizan las elecciones para vencer y no para perder. Y si se ven defraudados por los resultados de estas elecciones, abandonan inmediatamente el juego democrático para recurrir a otros métodos. Estos métodos se conocen de sobra: son pucherazos electorales o, como último argumento, la fuerza más bruta, que se aplica sin vacilar ante el derramamiento de sangre de su propio pueblo.
Sea como sea, la gente, indignada por las maniobras de Milosevic, ya está en la calle. ¿Quién será vencedor defenitivo de esta confrontación: el régimen acorralado o la oposición? ¿Será un enfrentamiento rápido o una guerra civil sangrienta? Desgraciadamente, no podemos descartar la última opción debido a que Milosevic es un experto en organizar conflictos bélicos. Mucho dependerá ahora de la postura de las fuerzas del orden y del ejército, que por el momento guardan la neutralidad.
Es de recordar también que Estados Unidos y la Unión Europea, al parecer, no están dispuestos a tolerar un conflicto más en los Balcanes y tienen medios para preservarlo. Se manifiestan abiertamente en apoyo de la oposición. Por el momento su apoyo ha sido moral y financiero. ¿Serán capaces de intervenir si hay peligro de un conflicto sangriento?

Dudas en medio de la euforia
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