Los liberados sindicales, esos funcionarios paraestatales, han protagonizado una nueva jornada para justificar sus sueldos y su mismo sentido de la vida. Ahora ha tocado cerrar, a golpe de pito y de piquete, a los pequeños comercios frente a la liberalización de los horarios. Los liberados sindicales necesitan de vez en cuanto entrenamiento y hacer ejercicios de huelga general. Más o menos, como protección civil hace evacuaciones en simulacros de catástrofe natural. Aunque no haya nunca más huelga general (los sindicatos están muy bien pagados), es fundamental que tengamos a unos señores cobrando todos los meses por si acaso.
Además del privilegio retributivo, cuentan con el añadido de la participación en el monopolio estatal de la violencia. Cuando un grupo de sindicalistas la ejercen en grupo (obligan a cerrar un establecimiento, amenazan a los clientes) es tolerable e incluso buena porque se supone que se ejercita contra una ignota y subyacente opresión. Otro de los privilegios es la capacidad de dar datos concluyentes sin necesidad de aportar pruebas o justificarlos.
Por ejemplo, el aumento de los horarios comerciales implicará, según los sindicatos, la pérdida de cien mil puestos de trabajo en cuatro años. La oronda redondez de la cifra ya da que pensar, como aquel soldado del chiste malo que informaba a su capitán de que venían dos mil dos sioux, dos delante y unos dos mil detrás. ¿Alguien contrastará dentro de cuatro años si los sindicatos tenían alguna razón? ¿Alguien se molesta en preguntar según qué baremos llegan los sesudos sindicalistas a esas cifras? ¿Será cierto que se romperá en este caso el principio bastante universal de que la competencia crea empleo?
Quizás conviene para la reflexión apuntar que el aumento de los horarios comerciales –aún muy restrictivos en España- está ligado a un fenómeno como es la incorporación de la mujer al mundo del trabajo y la variación, por tanto, de horarios y costumbres familiares. Los sindicatos, por supuesto, están a favor de esa incorporación, pero no ven muy claro que la mujer –o el varón- pueda hacer la compra a la salida del trabajo o en los fines de semana. Al fin y al cabo, ellos cobran su sueldo pase lo que pase. Basta con que de vez en cuando saquen las banderas, los pitos, y hagan algún simulacro de huelga general. Las cifras del seguimiento no importan. Todos sabemos que son mentira. Las cifras verdaderamente importantes son las de las subvenciones del presupuesto. La paz social tiene un precio.

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