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Cada vez más cerca

Los científicos se despidieron del milenio levantando ampollas en determinados sectores sociales con sus atrevidas clonaciones, sus secuenciaciones genéticas, sus patentes de la vida y sus osadas investigaciones embrionarias; todo parece indicar que se han propuesto estrenar el nuevo siglo echando más leña al fuego. Para muchos, los tres macacos transgénicos nacidos en el Centro de Primates de Oregón son una provocación que pone en alerta roja a los bioéticos. Es la primera vez que los científicos obtienen un primate no humano modificado genéticamente. El paso siguiente queda a salto de mata: la manipulación genética de la especie humana. De ahí la justificada preocupación de algunas voces autorizadas.

Cada uno de los bebés simios porta en su material genético, o sea, su ADN, un gen extra que les fue inoculado mediante técnicas de microinyección cuando aún eran unos huevos sin fertilizar. No cabe duda de que el experimento, como aseguran sus autores, trae bajo el brazo interesantes aplicaciones biomédicas que contribuirán a esclarecer el origen de muchas enfermedades humanas hoy incurables. Pero el precio podría ser muy caro, al menos en el plano de la moral.

Hace unos años, el Nobel James Watson, unos de los descubridores de la estructura del ADN, planteó en la revista Science la posibilidad de manipular las células germinales, es decir, los óvulos y espermatozoides, para combatir y eliminar de raíz ciertas dolencias genéticas. De este modo, los padres portadores de una tara hereditaria podrían evitar transmitirla a la descendencia. Para ello basta con inyectar una versión sana del gen defectuoso en una de las células germinales, por ejemplo, el óvulo. De esta forma la alteración genética, en este caso beneficiosa, pasaría de padres a hijos. Hoy por hoy, la manipulación de la línea germinal en humanos está totalmente prohibida. No sucede lo mismo con la alteración genética de las células somáticas, o sea, no reproductoras. De hecho, ésta es la base de la terapia génica. Pero en este caso, la mejora en el material hereditario muere con el individuo.

Ahora bien, a pesar del veto bioético, no es de extrañar que nos topemos con algún que otro científico dispuesto, con perdón, a tocarnos los genitales.

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