En los años 30, el líder bolchevique Iosif Stalin no conocía lo que es una “orden internacional de busca y captura”. Quizá por eso, el “padre del proletariado mundial”, a la hora de arreglar sus cuentas con personas consideradas como peligrosas para su régimen, contaba sólo con sus propias fuerzas. Mandaba a los agentes de su temible policía política, NKVD, y ellos hacían su macabro trabajo. Así acabó, por ejemplo, con Trotski, en México, y con Raskólnikov, en Francia.
Los tiempos han cambiado y los actuales líderes rusos prefieren hacer el mismo “trabajo” con la ayuda de la Interpol. Supongamos que lo hacen simplemente para ahorrarse los billetes de sus matones. En diciembre pidieron a la Interpol detener al magnate de medios de comunicación, Vladimir Gusinski, y ahora le toca a Felipe Turover. En cuanto a Gusinski, enemigo personal del presidente Putin, por lo menos, se le acusa de un hecho concreto: de haber desviado al extranjero unos 200 millones de dólares. Pero, las acusaciones contra Turover son mucho más abstractas. ¿Qué es esto de “instigación al soborno”?
Tampoco es demasiado convincente la acusación del robo de un reloj ruso, especialmante, para los que conocemos personalmente a este “dandy” con trajes de marca, corbatas de seda, zapatos italianos y tarjetas de crédito de oro.
A la hora de explicarnos las raíces de las acusaciones contra Turover recordaremos la rabia del Kremlin en el caso de “Mabetex”. Desde el principio lo consideraron como una “provocación antirusa”. Devolvieron con desprecio a Suiza todos los materiales de la acusación.
Esta rabia ya no tiene límites desde que el principal implicado del caso, Pavel Borodin, ha sido detenido por los estadounidenses. Y la culpa la tiene, por supuesto, Turover. ¡Ahora, a por él!

Una dudosa manera de arreglar las cuentas
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