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Las varas de medir a los jueces

Guillermo Ruiz Polanco no ha medido sus palabras y éstas pueden salirle caras. En la Audiencia Nacional cuentan que Baltasar Garzón le ha reprochado su verborrea radiofónica. Y dicen también que Ruiz Polanco ha respondido a Garzón: “yo hablaré, pero otros escriben libros”.

La Comisión Disciplinaria del Consejo no ha perdido ni un minuto en abrir diligencias informativas al juez que no quiso encarcelar a Pablo Vioque. Esa misma comisión Disciplinaria tardó mucho más tiempo en reaccionar cuando se trataba de abrir un expediente a Garzón. En el caso de Ruiz Polanco llueve sobre mojado. Quizás por eso, al juez le hagan pagar ahora su intervención en el asunto del narcotraficante Cordero y por las ya famosas “dos hostias” que no dio al miembro de ETA Harriet Iragui.

Las últimas actuaciones de algunos jueces de la Audiencia Nacional ponen de manifiesto que para acceder a ese tribunal deberían primar otros criterios además del de la antigüedad. Cualquier magistrado –y mucho más uno de la Audiencia Nacional– debería pensarse dos veces las consecuencias de lo que hace, de lo que no hace y de lo que dice. Sobre todo, porque alrededor de ese tribunal sobrevuela la lupa de los medios de comunicación, del Ministerio del Interior, del Ministerio de Justicia, del Parlamento y del CGPJ.

Una lupa que aumenta para algunos jueces y desparece para otros. Basta recordar el caso Moreiras, Gómez de Liaño, Estevill, Navarro, Garzón... Es exigible que el gobierno de los jueces aplique el principio de igualdad.

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