Hace unas horas, la principal terminal aérea de Argentina, el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, se convirtió en un virtual campo de batalla, donde se entremezclaban pasajeros que arriban, otros que trataban de salir, manifestantes y fuerzas de seguridad. Una serie de controles policiales forzaban a los viajeros a hacer a pie los últimos kilómetros hasta la terminal, donde además no tenían seguridad alguna de que su vuelo pudiera partir.
Así, pudo verse por la televisión familias enteras con niños y valijas caminando por una casi desierta autopista en un intento por llegar a la terminal aérea. Tremenda falla del Estado argentino, que se mostró incapaz de garantizar el libre tránsito consagrado en nuestra Constitución y en pro de no dar una imagen de “estado represor” prefirió dejar hacer en vez de poner límite a lo que de otra manera sería un legítimo derecho a la protesta. El conflicto de Aerolíneas tiene ahora tanta carga emocional en Argentina que hace casi imposible un razonamiento temperado.
Que la privatización de la empresa pudo estar mal hecha, es más que probable. Que no fue lo transparente que debió haber sido, es casi seguro. Que Aerolíneas no era la empresa floreciente que hoy se busca presentar, es una realidad. Que dineros “non sanctos” cambiaron de manos, es más que seguro. Que ya privatizada se produce una anormal venta de activos, tanto de aviones (30) como de inmuebles situados en lugares privilegiados de Europa y EEUU, es un dato de la realidad. Todos los indicios parecen apuntar a una pésima gestión de la aerolínea por parte de la SEPI, cuyo record en estos temas no es precisamente de lo mejor.
Pero, después de considerar todo esto y en vista de que los plazos se acaban, qué hacer es la pregunta obligada. Siete son los gremios que operan en Aerolíneas. De ellos, seis parecen dispuestos a firmar el llamado plan “Director” presentado por la SEPI como la llave para una capitalización de Aerolíneas que le permitiera seguir operando, al menos hasta encontrar comprador.
Sin embargo, el titular del gremio de los técnicos aeronáuticos, que hasta ahora se negaba a homologar el acuerdo, presentó en las últimas horas un plan que recogería los planteamientos de la SEPI, pero que a la vez exige que los gobiernos de Argentina y España garanticen la estabilidad laboral de los técnicos. Al tiempo, piden se mejore el sistema de trabajo para poder prestar servicios a terceros, lo que eventualmente desembocaría, según su perspectiva, en la necesidad de contratar más personal. En las actuales circunstancias parece sin embargo muy poco probable que los estados quieran intervenir en este aspecto de la negociación, mucho menos como garantes de acuerdos entre las partes.
Desde Madrid llega la noticia de la suspensión de pagos para la semana próxima, y ya sólo quedará por ver cómo se hace la liquidación de 50 años de historia en la forma menos traumática posible.
¿Va esto a afectar las excelentes relaciones bilaterales desarrolladas durante los últimos años? Esperemos que no, pero en un marco tan lleno de componentes emotivos es difícil de decir; hay otro elemento que no puede dejar de mencionarse, esta crisis es la crónica de una muerte ya anunciada, hace meses que se veía venir en el horizonte. ¿Por qué se prefirió dejar que siguiera creciendo hasta llegar a lo que es hoy? Es una pregunta con final abierto.

El factor emocional
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