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El relativismo moral como consenso

Dentro de los desastres de esta nueva etapa de relativismo, en la que las relaciones internacionales vienen marcadas –a pesar del 11 de septiembre– por la hipocresía, la sociedad civil venezolana ha abierto una espita a la esperanza, con su oposición a la deriva de un personaje histriónico, pero que pretendía llevar a Venezuela ¡al comunismo! De hecho, había montado los círculos bolivarianos, a imitación del sistema de las turbas castristas, que han demostrado su violencia asesinando de certeros tiros a dieciséis manifestantes.

De repente, con la caída del tirano (se olvida con frecuencia la interesante diferencia entre legitimidad de origen y de ejercicio), nuestras televisiones y nuestros medios de comunicación han mostrado un consenso respecto a los aspectos más ridículos del Tejero venezolano aupado por las urnas con un 63 por 100. Eso admite muchos análisis sobre el mesianismo –lo del caudillo caribeño– latente en las sociedades iberoamericanas y la tendencia a la irresponsabilidad personal, que está detrás también del fracaso argentino.

Pero hay una reflexión más directa. ¿En qué sentido influye España en Iberoamérica para que avance la causa de la libertad? En ninguno. Iberoamérica es un destino para políticos españoles retirados que sacan pingües beneficios predicando contra el liberalismo, que es el fundamento de la democracia. O dedicándose al estricto tráfico de influencias bajo paraguas de asesoramiento solchagiano.

El consenso de los medios de comunicación españoles es el antiliberalismo. Esa literatura del resentimiento políticamente correcto pretende mantener a los países del tercer mundo en la pobreza para poder justificar el discurso de la inteligencia media, de los docentes y los pseudointelectuales, que se retroalimentan en un mercado cautivo que proviene del comunismo, y que, sin causa que defender, ahora tiene todo el tiempo para intentar demoler lo que sí sirve para sacar de la miseria y la injusticia a las gentes.

Consenso, porque sea cuál sea la línea de casi todos los medios (salvo algunos programas de la COPE, de Intereconomía, Libertad Digital y la revista ÉPOCA), sean cuáles sus negocios con el PP, sean cuáles sean sus trapicheos para conseguir frecuencias, concesiones o publicidad institucional, todos se legitiman manteniendo posturas protocomunistas o sensibleras en política internacional. De esa forma, se transmite de continuo una visión antioccidental desde Occidente (la última moda es hablar de un modelo europeo ¡antioccidental!). Se vende para el tercer mundo como utopía lo peor de las miasmas de las ideologías totalitarias, ahora incluso con un lenguaje anarcoide. Los estalinistas siempre fueron maestros de la propaganda, como los nazis. Eso les queda. Ahora Saramago es la referencia ética. Manda huevos.

El resultado de esta comedia bufa es un relativismo moral, que es también el consenso político en las relaciones internacionales. Porque hasta antes de ayer nadie había criticado a Chávez (salvo este diario), porque se presentaba con una retórica antiliberal o antineoliberal, y menos que nadie Aznar y Piqué, que sólo se habían preocupado por los intereses de las empresas españolas en Venezuela. ¡Donde es posible que el BBVA y los selectos chorizos de Neguri financiaran la revolución boliviarana, al mejor estilo de las mafias gansteriles!

¿La cuestión es si el aznarismo, atenazado en sus propios complejos de culpa centristas, está inmerso en ese relativismo moral, y si utiliza las relaciones internacionales para “justificar” su postura en el País Vasco?

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