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Fiasco general

La evidente desproporción entre las reformas del Gobierno —que en algunos casos, como es la bonificación del cien por cien en las cuotas a la Seguridad Social a las madres en paro que se quieran incorporar al trabajo un año después del parto, suponen una mejora neta respecto de la situación anterior— y la reacción visceral de los sindicatos y de la izquierda convocando una huelga general, precisamente en el marco de la mejor situación económica que ha vivido España en los últimos treinta años, han sido sin duda los factores determinantes del fracaso de las “movilizaciones”, que sólo han tenido cierta incidencia en el sector industrial —más proclive al modelo sindical clásico y donde las centrales tienen más fuerza e implantación— y un seguimiento muy escaso en el sector servicios —mayoritario en la economía española—, del que habría que descontar los numerosos cierres de comercios, no por adhesión a los motivos de los convocantes, sino por miedo a la violencia de los piquetes.

La izquierda y los sindicatos españoles, en el siglo XXI, siguen aplicando los mismos esquemas de análisis social que en el siglo XIX —cuando el socialismo no era más que un proyecto visionario, que después se convertiría en pesadilla para centenares de millones de personas— y las mismas técnicas de agitación de masas que se empleaban en los años 30 y 70 del siglo pasado —cuando el socialismo real soviético intentaba “exportar” su pesadilla al resto del mundo. Pronunciar hoy el discurso de la “famélica legión”, más que un anacronismo, sería motivo de irrisión si no fuera porque las palabras van acompañadas por la intimidación y la coacción de los piquetes, que las organizaciones sindicales han empleado intensivamente en la jornada de ayer —más de un millar de grupos violentos y 70 detenciones— como alternativa a la falta de convicción de sus argumentos.

Pero quienes esperaban que la sociedad española se rindiera entusiasta y masivamente a la rancia demagogia de los sindicatos y del PSOE —o, en su defecto, a la coacción de los piquetes— se han equivocado de medio a medio. Apenas uno de cada cinco españoles ha secundado la convocatoria de huelga general, lo que demuestra que la madurez política de nuestra sociedad ha estado muy por encima de las intoxicaciones de Zapatero —ansioso por buscar atajos hacia La Moncloa, dada su incapacidad de ofrecer un programa de gobierno sólido y creíble, y presionado por quienes ejercer la dirección de facto en su partido—, y de las amenazas de los sindicatos —no hay más que recordar a Fidalgo amenazando al Gobierno con dos años “muy duritos”—, cuyos líderes creían que bastaba tocar el silbato para que toda España se paralizase.

En cuanto a las manifestaciones convocadas —piedra de toque que permite calibrar la proporción de quiénes hacen huelga por coacción y quiénes por convicción — a juzgar por el número de asistentes, apenas lograron reunir a la totalidad de los liberados y delegados sindicales. No es extraño que los dirigentes del PSOE, que se apuntaron al carro de la huelga a última hora, pierdan los nervios e insulten a los miembros del Gobierno, como hizo Jesús Caldera con Pío Cabanillas, calificándole en el Congreso como el “mentiroso oficial del reino” cuando éste anunció la realidad de los hechos: “en España no hay huelga”.

Si el PSOE quiere volver a ganar unas elecciones en un futuro no demasiado lejano —la andanada de desgaste al Gobierno del PP le ha salido por la culata—, y si los sindicatos pretenden sobrevivir, no ya como organizaciones pseudopolíticas sino como meros defensores de los legítimos intereses de los trabajadores —que, en modo alguno, son antagónicos a los de los empresarios—, tendrán que reflexionar detenidamente sobre las causas del fiasco del 20-J. Entre muchas otras cosas, tendrán que tomar buena nota de que, por mucho que se empeñen en creer lo contrario, la sociedad española —y la europea— ha dado la espalda tanto al socialismo coactivo de algarada callejera como a la autoproclamada superioridad ética del socialismo políticamente correcto y económicamente ruinoso representado por el PS francés, que, a pesar su monumental fracaso en las legislativas del país vecino, continúa siendo espejo y fuente de inspiración del PSOE.

Pero, en cualquier caso, una cosa es segura: los dos años “duritos” con que amenazó Fidalgo a Aznar, después del fiasco general del 20-J no pasarán de “maduritos”.

En España

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