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Antonio Robles

Inmersión y memoria histórica

Nunca, jamás, el PSC –y la izquierda en general– se opuso al apartheid lingüístico; muy al contrario, ha sido y es su adalid.

Nunca, jamás, el PSC –y la izquierda en general– se opuso al apartheid lingüístico; muy al contrario, ha sido y es su adalid.
Miquel Iceta, Salvador Illa y Silvia Granados. | EFE

Ya es suficientemente obscena la presente xenofobia de la Generalidad contra los derechos lingüísticos de un niño de 5 años y su familia de un colegio de Canet de Mar, para que adalides del constitucionalismo pretendan limpiar de responsabilidad a PSC y PSUC en la imposición de la inmersión.

Escribía Joaquim Coll en Crónica Global con acierto: "En la inmersión, todo es mentira". En boca y pluma de un viejo militante del PSC, nacionalista y defensor de la inmersión reconvertido en constitucionalista sincero en la actualidad, subraya el abuso y le da credibilidad. Pero…

Pero nos pretende colar mediante una memoria histórica selectiva que el PSC y el PSUC jamás tuvieron nada que ver. Y lo hace con las mismas trampas que utilizó el pujolismo al principio de los ochenta, blanqueando con el señuelo de la "normalización lingüística" la limpieza lingüística y la inmersión. La historia es muy distinta a como él la maquilla.

A finales de los setenta, con los primeros traspasos de educación, el PSUC y el PSC optaron por una escuela catalana inclusiva sin separación por razón de lengua. Se rechazaba así una doble red escolar en nombre de la cohesión social. Eso implicaba que sólo podían impartirse las clases en una lengua, es decir, el catalán. Por entonces, ni el mismo Pujol defendía ese modelo porque su aspiración era aumentar las horas de catalán, que por entonces sólo eran dos. Ya en el poder, y con todos los traspasos en educación otorgados por el ministro Otero Novas sin esperarlos, se envalentona y se suma a las tesis de la izquierda. De esa confluencia nace un debate sobre el modelo escolar que nos llevará al dogma de la inmersión lingüística.

Se enfrentaron dos modelos: el de Òmnium Cultural (1961) y de la DEC (Delegació d’Ensenyament en Català), basado en el rechazo radical al bilingüismo como paso previo a la imposición del catalán como lengua única de Cataluña; y el otro, progresista, surgido del movimiento pedagógico Escola de Mestres Rosa Sensat, en 1966, e inspirado por la socialista Marta Mata, defensora del bilingüismo vivido por ella en la II República. En los cursos de L’Escola d’Estiu del verano de 1976 habían llegado a dos ideas básicas: enseñanza en lengua materna y bilingüismo escolar inclusivo que impidiese separar a los alumnos en función de la lengua.

Pues bien, el modelo de Ómnium y la DEC dirigido por el integrista Joquim Arenas convierte a la lengua en instrumento de identidad, asimilación y exclusión de la pluralidad. Este modelo finalmente acabó arrinconando al de Rosa Sensat en el primer Gobierno de Pujol, que había permitido el socialista Joan Reventós para que "el socialismo español no rompiera en dos Cataluña". La consecuencia fue la marginación del modelo bilingüista de la socialista Marta Mata y el apoyo incondicional del PSC y PSUC a la inmersión. Tanto fue así que los primeros pasos de la inmersión a principios de los ochenta fueron en colegios del cinturón industrial de Barcelona de mayoría obrera y castellanohablante donde PSUC y PSC eran mayoritarios. El colegio Lluís Millet, de Santa Coloma, fue el primero donde se impuso la inmersión, en 1980, propiciada por el castellanohablante Pedro García, primer teniente de alcalde por el PSUC. Le siguió el IES Puigcastellar hasta generalizarla. Por entonces, el alcalde era Lluís Hernández, comunista y cura progre que vendía el cuento de que sin el catalán sus hijos no tendrían trabajo el día de mañana.

Así, el PSUC y el PSC fueron los pastores de la población castellanohablante durante los primeros ochenta hasta generalizar la inmersión. En 1992, con el decreto de inmersión, los pocos centros que aún permitían estudiar en castellano fueron eliminados. Allí comenzó el movimientos de madres contra la inmersión (Cadeca) y el PSC fue su peor enemigo. Nunca, jamás, el PSC –y la izquierda en general– se opuso al apartheid lingüístico; muy al contrario, ha sido y es su adalid. Hace unos días acaba de rechazar en el Parlamento aplicar la sentencia del TS sobre el 25%.

No podremos evitar el racismo cultural que hemos sufrido, pero no consentiremos que lo nieguen.

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