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Javier Arias Borque

El error de Biden o la posible propuesta encubierta para dividir Ucrania

Una solución pactada, aún a cuenta de la integridad nacional ucraniana, permitiría a la OTAN no tener que enfrentarse a sus contradicciones internas.

Una solución pactada, aún a cuenta de la integridad nacional ucraniana, permitiría a la OTAN no tener que enfrentarse a sus contradicciones internas.
Rebeldes prorrusos en Donetsk | EFE

La tensión entre la OTAN y Rusia no para de subir. El giro hacia Occidente de la gran mayoría de los países satélites que formaron parte del Telón de Acero o que, incluso, formaron parte de la propia Unión Soviética, es vista como una amenaza y una agresión por parte de Moscú, que no acepta que estos países nacidos tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración del bloque comunista puedan decidir por sí solos su política de alianzas.

Vladimir Putin sigue teniendo una visión estratégica anclada en la Guerra Fría y se resiste a aceptar que su Gobierno ya no dirija con mano de hierro la política de sus vecinos como si de meros títeres se tratara. Casi ninguno de los antiguos socios de Moscú se fía de ellos y es por ello que han virado hacia Occidente y la OTAN. De hecho, hasta 14 de los actuales socios formaron parte del Telón de Acero.

La línea roja de Putin está en estos momentos en países como Ucrania, Georgia y Moldavia. Así se lo ha hecho saber a la OTAN. No va a aceptar que ninguno de ellos entre a formar parte de la alianza política y militar occidental. De hecho, el serio jugueteo de Ucrania con Occidente ha terminado derivando en una guerra civil impulsada por Moscú que desangra el país desde 2014 y donde tanto mercenarios como voluntarios rusos juegan un papel fundamental.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha advertido en las últimas horas a Rusia de las posibles consecuencias que tendría una intervención armada en suelo ucraniano. Unas declaraciones que, en función de la supuesta gravedad de la intervención, podían hacer pensar que el inquilino de la Casa Blanca estaba animando a Putin a llevar a cabo una pequeña intervención militar en Ucrania.

"Una cosa es que se trate de una incursión menor y que acabemos discutiendo (en la OTAN) sobre qué hacer y no, pero si (los rusos) hacen lo que son capaces de hacer con una fuerza en masa en la frontera, va a ser un desastre para Rusia", dijo Biden. Unas palabras que, en la mayoría de los casos, se han asociado a un error de Biden a la hora de expresarse, pero que puede que no lo sean y escondan detrás, de forma soslayada, una salida a la situación actual.

Una salida que consistiría en dar vía libre a Rusia para que se anexione las regiones ucranianas de Lugansk y Donetsk, controladas por las milicias prorrusas con el apoyo cómplice de Moscú desde 2014, en una acción militar de bajo nivel que tan sólo conllevaría la condena de la OTAN, Estados Unidos y la Unión Europea, y que posiblemente llevaría asociadas algunas sanciones económicas que no supondrían gran desgaste para el Kremlin.

Y es que la situación es mucho más complicada para Occidente que para Rusia. Putin no tiene a nadie en casa que le tosa por sus anhelos expansionistas. Es más, cuenta con el apoyo de la gran mayoría de la población, ávida de nuevos tiempos de gloria y dispuesta a supeditar –por lo menos públicamente– su paupérrima calidad de vida para los estándares de Occidente a cambio de un chispazo que haga recordar esplendores pasados.

La OTAN, sin embargo, es un grupo más o menos heterogéneo de países con unos intereses que no siempre son coincidentes. No es lo mismo la posición de los países del Este, antiguos satélites soviéticos, que ven la amenaza rusa como una amenaza a su supervivencia, que otros como Alemania, mucho más pragmático, tan importante en Europa para marcar los ritmos del futuro como china en el zapato para los intereses de la OTAN.

Alemania no es el único, pero sí el más representativo. Un país que no puede mostrar dureza con Rusia porque depende de Moscú para recibir el gas que les calienta en invierno. Que se muestra duro con aquellos de los que no depende –vetó a España la venta de carros Leopardo a Arabia Saudí o más recientemente la de aviones a A400M a Kazajistán–, pero que pone problemas cada vez que se ha intentado sancionar con severidad a Rusia.

Un país que acaba de demostrar hace unas horas a qué juega en esta crisis internacional. Su ministra de Exteriores, Annalena Baerbock, viajó a Kiev para apoyar la integridad territorial de Ucrania, pero al mismo tiempo se ha negado a facilitar armamento –Reino Unido y EEUU sí lo están haciendo– a Ucrania para que pueda defender esa integridad territorial que se supone que tanto apoyo.

Puede que lo de Biden no sea un error, sino una oferta soslayada que dé salida a un conflicto que supone un problema mayor para la OTAN que para Rusia, porque un ataque de verdad obligaría a la Alianza Atlántica a tomar una decisión firme y dura contra Moscú. Y no todos sus socios están dispuestos a tomarla, porque a la hora de la verdad no están dispuestos a erosionar gravemente sus relaciones con el Kremlin por Ucrania. Una salida para que la propia OTAN no tenga que enfrentarse a sus contradicciones internas.

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