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Luis Herrero Goldáraz

El peligro y la patria

El nacionalismo es un virus muy contagioso. Es normal criticar al PSOE por haber pactado con él. No entiendo por qué no habríamos de criticar lo mismo cuando el que lo puede hacer es el PP.

El nacionalismo es un virus muy contagioso. Es normal criticar al PSOE por haber pactado con él. No entiendo por qué no habríamos de criticar lo mismo cuando el que lo puede hacer es el PP.
Mitin de Santiago Abascal en Salamanca. | EFE

Nadie escoge dónde nace, suele escucharse por ahí. Nadie escoge a sus padres, su color de ojos, el número de hermanos que le enseñarán a convivir en sociedad ni el nivel de privilegios que le situarán en ventaja con algunos, en desventaja con otros tantos, cuando la vida adulta se abra paso. Nadie escoge nada, antes de nacer. Tampoco las fronteras del país en el que se verá obligado a vivir, la nacionalidad que aparecerá en su DNI, las leyes que regirán su vida hasta que tenga edad para votar. Ni todas las que la regirán después. Como ha escrito tantas veces Cuartango, citando a Heiddeger, somos seres arrojados al mundo. Estamos condenados a la libertad. También somos lobos para el hombre. Voluntades contrapuestas. Miembros de una tribu que nos exige una serie de deberes a cambio de su protección grupal. Pensando las cosas de este modo, pocas cosas hay más sorprendentes que la democracia liberal.

Durante las cotas más altas del paroxismo nacionalista catalán, allá por 2017, uno se sorprendía en Madrid manteniendo discusiones infructuosas con personas que no sabían qué pensar. Ninguno lo sabíamos, realmente. Y la sensación general era la de una enorme y contagiosa confusión. Critican el nacionalismo pero ahí están, llenando plazas de banderas españolas, escuché una vez. Lo cierto es que el problema nacional es bien complejo cuando se reduce todo a una guerra de banderas. Una luz la ofreció Savater al explicar sencillamente que él sentía orgullo de la bandera española y la quería izada en las instituciones del País Vasco porque es el símbolo de una idea de España unida no necesariamente por la historia compartida, por la cultura o por la etnia, sino por el convencimiento de que esta vieja piel de toro es todavía un espacio en el que personas diversas pueden convivir libres e iguales ante una ley que las protege de la arbitrariedad del poder.

Quizás la cosa más siniestra de los nacionalismos periféricos sea esa: la arbitrariedad con la que sus clases dirigentes tratan de imponer su hoja de ruta. El desprecio al ciudadano que no se siente representado por sus delirios. La diferenciación cada vez menos sutil entre tipos de catalanes, o de vascos, en base a su pureza genealógica. Y la forma en la que se intenta manipular la interpretación de la ley para que deje de aplicarse de igual forma para todos. Uno de los argumentos más contundentes contra la Ley de Violencia de Género lo suele enarbolar con valentía la jurista Guadalupe Sánchez Baena. Ella explica que actualmente existe una asimetría penal por razón de sexo que perjudica al varón. En otras palabras, la ley, en lugar de penar un acto delictivo en función de su gravedad, lo pena en función de los rasgos del delincuente. Algo que no se aleja demasiado del derecho penal de autor tan característico del nazismo y de otros regímenes autoritarios. La cosa es bien curiosa porque, en última instancia, se trata de un atentado flagrante contra la igualdad que se dice proteger. Pero ni siquiera es el único. A él se suman otros discursos que utilizan datos sacados de contexto para presentar a una parte de la sociedad como víctima inevitable –las mujeres– y a otra como victimaria necesaria –los hombres–. A través de generalizaciones como esa se ha desbordado de sangre la historia.

Las generalizaciones son peligrosas porque terminan incitando a olvidar algo tan sencillo como que ante la ley sólo se puede responder de forma individual. Uno no escoge dónde nace y tampoco hereda los delitos de sus padres. Nadie puede delinquir antes de haber nacido, ni debería llegar al mundo teniendo que purgar algún pecado original. Cuando las generalizaciones van ligadas a rasgos distintivos tan evidentes como la etnia o la cultura, la cosa es todavía más dramática. Allí donde entra el miedo suele huir la razón. Algunas personas, por no caer en el paternalismo buenista que trata a los miembros de otras culturas como menores de edad cuyos delitos deben de ser obviados, terminan comprando discursos que los estigmatizan. No deja de ser llamativo, por ejemplo, que Vox cargue contra la asimetría legal de la violencia de género y la estigmatización del varón, pero no tenga problemas en señalar que la mayoría de delitos sexuales los cometen extranjeros. Nada bueno puede salir de ahí.

Y es que, no nos engañemos, lo preocupante no es que Vox diga estar poniendo sobre la mesa un debate necesario acerca de los conflictos que surgen de la dificultad de integración de ciertos inmigrantes –¿qué hacer, por ejemplo, cuando grupos homogéneos muy concretos se niegan a acatar las reglas más básicas de igualdad sexual?–. Lo preocupante es que en lugar de limitarse a señalar la necesidad de que todos respetemos los valores liberales que sustentan nuestra democracia –nuestra nación–, sabiendo que la ley debe funcionar independientemente de los rasgos de quien la viola, se vea tentado a deslizar identidades vaporosas ligadas a la historia o los ancestros. Yo no sé qué es España ni qué debería ser un español histórico. Lo que sí que sé es que en el momento en el que se comienza a hablar de las cualidades innatas de las personas surgen el tribalismo y la confrontación. Todo lo contrario al espíritu de convivencia entre distintos que promulga el discurso democrático. El nacionalismo es un virus muy contagioso. Es normal criticar al PSOE por haber pactado con él. No entiendo por qué no habríamos de criticar lo mismo cuando el que lo puede hacer es el PP.

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