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Cayetano González

Una democracia imperfecta

España y los españoles no se merecen un gobierno que degrade tanto y en tan poco tiempo nuestro sistema democrático.

España y los españoles no se merecen un gobierno que degrade tanto y en tan poco tiempo nuestro sistema democrático.
Irene Montero, Ione Belarra y Pedro Sánchez. | Europa Press

Que Irene Montero siga siendo a día de hoy miembro del Consejo de Ministros del Reino de España es una anomalía muy grave de nuestra democracia. Alguien, como la ministra de Igualdad, que es la máxima responsable del desaguisado creado con la ley del "sí es sí", que además se atreve a insultar y echar la culpa a los jueces, no debería seguir ni un día mas siendo la titular del citado Ministerio.

Pero la culpa no es sólo de la ministra podemita, que no dejará el cargo ni con agua caliente, ya que, entre otras consideraciones, tendría un incierto futuro laboral. El coche oficial, las secretarias, los asesores y todo el boato que rodea el poder es algo a lo que esta señora se agarrará hasta el final como un clavo ardiendo.

La culpa es, sobre todo, de quien tiene capacidad para nombrar y cesar a los ministros, que no es otro, según señala con toda claridad el artículo 100 de la Constitución, que el Presidente del Gobierno. Por lo tanto, la pregunta que hay que hacerse es ¿por qué Sánchez permite que siga en su puesto una ministra que está absolutamente abrasada y que ha sido criticada por todo el mundo: asociaciones de jueces, miembros de su propio partido y medios de comunicación nada sospechosos de no ser afines a la izquierda?

Meterse en la mente de Sánchez para intentar interpretar o adivinar sus intenciones a la hora de cesar o nombrar colaboradores o ministros es un ejercicio sumamente peligroso. Si no, que se lo pregunten a José Luis Ábalos, Carmen Calvo o Iván Redondo.

Si Sánchez no ha cesado a día de hoy a Irene Montero no será por el temor a que se produzca una crisis en la coalición de gobierno que mantiene con Podemos. Bastantes desacuerdos y rifirrafes ha habido en los últimos meses y al final no ha pasado nada. Entre otros motivos, reitero, porque para la formación morada estar en el gobierno conlleva un plus de confortabilidad que no tendrían en caso de estar fuera del ejecutivo.

Sánchez habrá disfrutado estos días viendo, una vez más, el enfrentamiento interno que existe entre la vicepresidenta Yolanda Díaz y los podemitas "pata negra" —Echenique, Belarra, Montero— liderados por Pablo Iglesias. Hay que dejar que se cuezan en su propia salsa, habrá pensado el Presidente, que suele disfrutar de estos espectáculos de batallas y luchas intestinas.

El problema es el desprestigio que actuaciones como las de Montero y del propio Sánchez suponen para el sistema democrático. Que una miembro del ejecutivo se atreva a calificar de jueces "machistas" a quienes en estricta aplicación de la ley del "sí es sí" han procedido a revisar las condenas de los acusados a petición de los abogados defensores es algo muy grave que no debería permitirse, porque, de momento, hay que seguir creyendo y defendiendo la separación de poderes, algo fundamental en una democracia.

Que la Delegada de Gobierno contra la violencia de género, Victoria Rosell, tenga el atrevimiento de decir a los medios de comunicación lo que deben o no publicar en torno a esta cuestión de la revisión de penas es otra anomalía democrática que nos retrae a muchos años atrás, al igual que el NODO que pretende implantar en los medios la ministra portavoz, Isabel Rodríguez.

La lista de despropósitos de este Gobierno sería interminable, y, por cierto, que la polémica suscitada con la ley del "sí es sí" no debería distraer la atención de otras dos tropelías muy recientes de este ejecutivo: la rebaja del delito de sedición para contentar a los independentistas catalanes y la posible reforma del delito de malversación de fondos públicos, que favorecería también, entre otros, a los golpistas de ERC y de Juntos por Cataluña. España y los españoles no se merecen un gobierno que degrade tanto y en tan poco tiempo nuestro sistema democrático. Las próximas citas con las urnas será el momento adecuado para poner a cada uno en su sitio.

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