Menú
Pedro de Tena

Demócratas españoles, 10. Oposición, 0.

Los demócratas españoles no nos merecemos esta oposición que no distingue lo esencial de lo accesorio.

Los demócratas españoles no nos merecemos esta oposición que no distingue lo esencial de lo accesorio.
La fuente de la diosa Cibeles rodeada de personas durante la manifestación de este sábado. | David Alonso Rincón

Me recordó la doctora Paloma Hergueta en la manifestación del sábado 21 en Cibeles aquella sentencia que leímos en el Poema del Mío Cid: "¡Qué buen vasallo, si tuviese buen señor!", mientras nos fundíamos con aquella multitud voluntariosa que se dio cita para defender a España, la Constitución de 1978 y la democracia. No era para menos. Pero llevamos ya ocho siglos con ese lamento que no cesa. Demasiados ya, cuando ni siquiera somos ni queremos ser vasallos de nadie.

Cierto que ha resultado ser un éxito de participación, de presencia, de pasión y de potencia. Tras una semana en la que los principales líderes de la oposición han hecho todo lo posible, voluntariamente o no, por desanimar a los ciudadanos indignados y reventar la concentración por siembra de desesperación, ver en aquella plaza a los no sé cuantos miles, pero muchísimos, de ciudadanos mostrando su repulsa por la degeneración de la democracia en España, producía una intensa emoción.

Se ha demostrado, con toda clase de pruebas, que un despótico secretario general socialista, arropado por los separatistas y terroristas disfrazados de demócratas y con la muleta de comunistas recalcitrantes incluso estrafalarios, puede debilitar las instituciones democráticas de un país en un muy corto espacio de tiempo. Cuatro, cinco años, le han bastado a Pedro Sánchez para arruinar una trayectoria de décadas. No sólo ha volado su propio partido sino que está desbaratando el entramado institucional de la España de la reconciliación que se quiso y se votó en 1978. Sánchez ha demostrado que la democracia española es una democracia débil y enferma en la que un autócrata sin escrúpulos puede "reinar" más en serio que el Jefe del Estado. Esto hay que pensarlo. No puede volver a ocurrir que unos cuatreros de la política arruinen el destino de una nación que ha sufrido desgarros terribles antes de consensuar las reglas de juego de un futuro que ahora se derruye consciente, deliberada, malintencionadamente para servir a nadie sabe quién ni por qué.

Tenemos un problema nacional y resolverlo exige un primer paso: desalojar a estos forajidos del gobierno y de las instituciones democráticas a las que pretenden sustituir por una fake Constitución bien lejana en sus fines y medios a la aprobada en 1978. Pero, aunque la mayoría de los españoles está dispuesta a ello como muestran todas las encuestas no torturadas por los sicarios de Sánchez, la oposición política, cuya obligación es vertebrar el cambio decisivo y definitivo para impedir una tragedia colectiva, está dando muestras de no estar a la altura moral, intelectual y política de los españoles de a pie, ciudadanos libres pero desorientados y desconcertados a los que cada día desdeñan más y representan menos.

Lo del sábado en Cibeles fue la muestra perfecta de la pulcritud democrática de una ciudadanía y de la mediocridad pecaminosa y cobarde de la oposición. Pero no logro explicarme qué fue lo que pasó en aquella concentración. A una mediocre megafonía que logró que la mayoría –así fue en el Paseo del Prado a rebosar—, no se enterara de casi nada de lo que allí se dijo, se unió la lectura inconexa de un manifiesto profesoral y académico falto de emoción y sentido dramático, que enfrió el fervor con que la gente había llegado hasta allí desde todas las esquinas de España para descargar su intuición de que nos estamos hundiendo como nación. Menos mal que sonó el himno de España, que fue lo más claro de la mañana.

Tras la lectura monocorde del texto seguramente consensuado pero sin vida, todos esperábamos un desfile de personalidades que aclararan, concretaran, impulsaran, resumieran y embellecieran la causa nacional por la que allí nos congregamos, esperábamos una ronda de discursos. Pero pronto advertimos que no iba a hablar nadie, ni Rosa Díez, ni Gomá, ni Mayor Oreja, ni Girauta, ni Álvarez de Toledo, ni María San Gil. Nadie iba a tomar la palabra para cargar de argumentos apasionados la libertad de los asistentes. El pasmo fue mayúsculo. Aquella fue una concentración sin cabezas visibles, algo que también necesita la sociedad civil. Sé que es difícil y que personalismos y detalles malsanos lo complican todo, pero a la gente hay que respetarla.

No queríamos irnos. Toda la energía acumulada por el gasto, el esfuerzo y las dificultades para estar en Cibeles fue disipada por una anómala organización que no fue consciente de que reunir a tantos miles de personas no puede desaprovecharse de tan desangeladas maneras. Bien, vale. Ya tenemos la foto cenital de una gran manifestación. Pero, ¿y qué? El poder real va a seguir en manos de los mismos partidos y élites que, a las claras o disfrazados de oposición, han querido y logrado debilitar o confundir a los congregados. No hay plan, no hay estrategia, no hay hoja de ruta para la salvación constitucional.

Los demócratas españoles no nos merecemos esta oposición que no distingue lo esencial de lo accesorio ni nos merecemos que sus maniobras en la oscuridad hagan que la organización de un encuentro tan maravilloso de ciudadanos libres desperdicie la ilusión de tantos que seguimos creyendo que es posible la España que se deseó en la Transición. Si esto es todo, el futuro de España ya está escrito.

En Opinión

    0
    comentarios