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Javier Somalo

El yugo y la corbata colombiana

El último, un tipo que por rechazar el frac de la "antidemocracia" fue a exhibir la corbata colombiana, que te saca la lengua por la garganta.

El último, un tipo que por rechazar el frac de la "antidemocracia" fue a exhibir la corbata colombiana, que te saca la lengua por la garganta.
El Rey Felipe y el presidente de la República de Colombia, Gustavo Petro. | Europa Press

Gustavo Petro visitó España después de insultarla oficialmente. Para la cena de gala con los Reyes prefirió la corbata colombiana que el frac, "que tiene que ver con las élites y la antidemocracia". No importa demasiado lo que cueste el resto del outfit presidencial, primera dama incluida, o los antecedentes del invitado. Es el símbolo lo que trasciende. Ya sucedía con los jerséis de Evo Morales, que al ser feísimos, por lo visto embellecían su alma y la de toda la Pacha Mama, regada de sangre, pero no por los españoles. Si uno roba o mata o manda matar o permite que se haga pero va vestido como el pueblo, pues se entiende mejor. Ahora, matar en frac…

El caso es que al final a Gustavo Petrodolar le colgaron la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. O sea, el Yugo de Ysabel, reina y esposa del rey Fernando, el de las Flechas, siempre protagonistas en algún momento de nuestra maltratada Historia. Y lo llevó gustoso, como buen buey uncido antes de cenar.

Después del convite se fue a dormir al Palacio Real de El Pardo, una maravilla arquitectónica castellana enclavada en otra maravilla natural y que se usa ahora como residencia oficial de jefes de Estado extranjeros. Lo mandó construir Carlos I de España, nieto de Ysabel (yugo), a partir de un castillo que ya hiciera levantar Enrique III, abuelo del mismo yugo, Ysabel. Lo terminó Felipe II, bisnieto de la reina cuyo collar (o yugo) adornó inmerecidamente al mandatario. Felipe V y Carlos III lo usaron como palacio de invierno en el estricto sentido del término. Pero el "perfecto idiota" notó otra cosa en Palacio:

"Anoche durmiendo en la casa donde dormía Franco se me llenó de pesadillas la cabeza y entonces las traje aquí...".

Dijo eso porque en el desayuno de Nueva Economía Fórum estaba espeso, como resacoso. Le rieron la gracia. Allí vivió Franco, vaya. A partir de ahora habrá que avisar a futuros mandatarios que también durmió allí un tal Petro, apodado "comandante Aureliano", orgulloso secuestrador y pistolero del M-19. Una simple advertencia por aquello de las pesadillas en un lugar tan repleto de historia como el que se le brindó.

Después, al día siguiente de la mala noche, se le impuso la Medalla de la Universidad de Salamanca, cuna del saber de la Escuela Española de Economía y modelo de universidad a imitar en toda América. Y allí —menudo sitio— habló de la "codicia", del cambio climático y hasta de Unamuno, por la secuencia fake con Millán Astray que tanto ha alimentado los mitos sobre la República y la Guerra Civil. Fue el 12 de octubre de 1936, Unamuno había apoyado el golpe y quizá disentía de algunos métodos. No hubo ni metralletas, ni griteríos ni frases lapidarias. Pero los historiadores de Memoria Artificial han escrito mucho y quizá Petro haya leído algunas de sus solapas. Aquí, Cristina Losada lo resumió, como siempre, de maravilla.

El pensamiento oteguiano (sic) viene a decir que el que pega tiros, secuestra y roba, lo hace para llegar al poder y luchar entonces por la siempre esquiva paz. El pacem y el bellum combinados a capricho en la verja del cementerio de los inocentes. Es también la doctrina esquerriana, "de las armas a las urnas", siempre recordando el humeante y reversible pedigrí. La meritocracia de la muerte. Si uno tiene el expediente manchado de sangre —aquí el comunismo es campeón absoluto— prevalece sobre el demócrata, un fascista si no es como ellos. Y así se hace la Memoria Democrática, ley de leyes en la España de los ignorantes que se dejan avasallar.

Esa es la razón por la que no siempre hay que aplaudir, ni homenajear, ni siquiera recibir a un mandatario de un país, por mucho que lo hayan votado. A punto estuvo de marcar la bendita pauta el propio Juan Carlos I con su mejor lección de protocolo contra el gorila (golpista) rojo (comunista) Hugo Chávez: "¡Por qué no te callas!". Casi toda España fue detrás de aquella maravillosa, breve y concisa interpelación. Pero se arrepintió y lo arrepintieron por el bien de la madre patria. ¿Madre? Maltratada, será.

Frente a la Leyenda Negra difundamos —como intentamos hacer aquí desde principios de siglo— la Verdad Desnuda del comunismo, la del terrorismo y la del nacionalismo que tantas veces engloba o acompaña a los dos anteriores. En España y en el mundo, sin complejos.

Y la verdad sobre qué fue el imperio español en América y qué tipo de genocidas serían esos que se volcaron en el mestizaje y crearon sociedades abiertas —para la época— donde antes había altares sacrificiales. Y la verdad sobre quién extinguió a los indios en todo el cono sur, que fueron los mismos que acusan de ello a los españoles pese a las documentadas epidemias que diezmaron poblaciones y, claro, a las guerras. Y que se vean las diferencias entre las colonias españolas y las británicas. Y cuánta población indígena o mestiza hay en las que fueron nuestras y qué queda de ella en Estados Unidos y Canadá.

Por el silencio, por lo complejos y por un inexplicable sentimiento de culpa, más de 500 años después, España mata y roba. El sol no se ponía en nuestro imperio y ahora pretenden que sea siempre de noche. El último, un tipo que por rechazar el frac de la "antidemocracia" fue a exhibir la corbata colombiana, cruel tradición heredada por los narcos, que te saca la lengua por la garganta.

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