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Unamuno y Millán Astray: 'fake'

Ni Millán Astray gritó aquello ni Unamuno le respondió lo otro. Ni siquiera podía haber allí retratos de Franco, como se cuenta.

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Paraninfo de la Universidad de Salamanca, 12 de octubre de 1936. Al acto conmemorativo de lo que entonces se llamaba Fiesta de la Raza asisten entre otros el rector Miguel de Unamuno, el escritor monárquico José María Pemán, el general José Millán Astray, fundador de la Legión, y Carmen Polo, la mujer de Franco. Con estos datos iniciales, todo el mundo sabe de qué episodio se va a hablar. Es el escenario donde tuvo lugar el conocido enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray. Es el episodio en que el legionario –parche en el ojo, un solo brazo, dedos mutilados– gritó "¡Muera la inteligencia!" y el filósofo le replicó aquello de: "Venceréis pero no convenceréis". Es la anécdota que ha pasado a la historia y a la memoria por representar de un modo difícilmente superable el carácter profundo de los bandos enfrentados en la guerra civil. Están ahí, en esencia, concentrados de modo magistral. La fuerza bruta del franquismo contra la inteligencia. La barbarie contra la razón.

El único problema de este episodio que sabemos de memoria es que no fue así. Es probable que no se pueda saber cómo fue exactamente, pero es seguro que no fue como se cuenta. Ya había dudas antes, pero ahora que un historiador salmantino, Severiano Delgado, ha investigado cómo se pergeñó la versión que se ha dado por cierta, hay que pasar esa historia al cajón de los mitos. Su origen está en un relato que escribió en 1941 Luis Portillo, republicano exiliado en Londres, para una revista literaria, Horizon, con el título "Unamuno’s Last Lecture". Lo tradujo al inglés Ilse Barea, la mujer de Arturo Barea, ambos también exiliados en suelo británico.

Barea y Portillo escribieron sendos relatos para aquella revista por un contacto que les proporcionó George Orwell. Portillo había sido profesor en Salamanca y conocía a Unamuno, pero no había estado en el acto del paraninfo. Supo de él por la prensa francesa y republicana. Delgado está convencido de que su relato hacía una "recreación literaria" y no tenía intención historiográfica. Después de contrastar sus elementos más vistosos, ha concluido que no se tienen en pie. Ni Millán Astray gritó aquello ni Unamuno le respondió lo otro. Ni siquiera podía haber allí retratos de Franco, como se cuenta. El simbólico y dramático episodio que hemos dado por cierto no sería tal. Fue sólo un "acto brutalmente banal" en el que se dieron cuatro voces. Fue un tumulto de los que solían formarse en la época al calor de charlas y discursos.

Portillo está en el origen, pero el eslabón siguiente, el más importante, fue el hispanista Hugh Thomas. En 1961 publicó La guerra civil española, una obra que tuvo mucha difusión y que circuló en español primero de forma clandestina, editada y traducida por Ruedo Ibérico. La traducción, por cierto, no fue fiel al original, sino que enfatizó algunos hechos y atenuó otros, según un estudio reciente. Pero el episodio que nos ocupa no fue cosa del traduttore, traditore sino del autor. Thomas introdujo en la obra la versión de Portillo y así fue cómo el relato del choque de Unamuno y Millán Astray, consignado hasta ese instante a revistas minoritarias, alcanzó categoría de verdad histórica y llegó al gran público.

Yo he ido corriendo a ver cómo cuenta la anécdota Thomas en la edición de La guerra civil española de 1976. Es un relato potente, escrito con sobriedad. El historiador, me atrevo a suponer, no fue insensible a su potencia dramática y simbólica cuando decidió incorporarlo. Pero pone una nota al pie. En ella da cuenta de la fuente (Portillo) y dice:

Nunca habrá pleno acuerdo sobre lo que se dijo y el tono en que se dijo. Yo he comentado esta versión con Luis Portillo y con Ilse Barea, que la tradujo. Pero véase el relato de Pemán, "La verdad de aquel día". ABC, 12 de octubre de 1963. Cabe preguntarse por qué la Falange hizo acto masivo de presencia en el entierro de Unamuno.

Cabe hacerse más preguntas. Pero, para terminar de enredar las cosas, fui a Pemán. Escribe veintisiete años después de aquello. Insiste en que Unamuno no le replicó a Millán Astray, porque el general no había hablado. Pero cuenta que después de unas palabras del rector, cuyo sentido recuerda, el legionario se levantó y dio "unos gritos arrebatados de contradicción a Unamuno". Asegura que no dijo "muera la inteligencia", sino "mueran los intelectuales", y que al ver que varios profesores hacían gestos de protesta añadió: "Los falsos intelectuales traidores, señores". Esa última frase la pone Hugh Thomas en boca de Pemán. Pemán la pone en boca de Millán Astray. Lo dicho: para terminar de enredar.

El relato del enfrentamiento de Unamuno con Millán Astray era demasiado perfecto, demasiado simbólico, demasiado significativo como para ser verdad. Pero los mitos no caen así como así. En cuanto se dio a conocer la investigación de Severiano Delgado, varios expertos en la materia dictaminaron poco menos que daba igual. Que daba igual que el relato no fuera la verdad o toda la verdad. Porque el "mito sigue siendo válido aunque no se dijeran textualmente las palabras que conocemos" (Andrés Trapiello). Porque "el espíritu, la idea permanecen y el mito creado es muy importante para escenificar el enfrentamiento histórico entre una memoria republicana y otra franquista" (Jean-Claude Rabaté).

De modo que cuando el mito es bueno y cumple una buena función, la verdad no es tan importante. La verdad, entonces, es más un estorbo. Una distracción que nos desvía del auténtico significado de unos hechos. Un significado que el mito y la leyenda reflejan mejor. Bueno, si esto no es declarar el fin de la historia –no en el sentido de Fukuyama–, que venga Dios y lo vea. Ya sospechábamos que el principio de "no dejar que la verdad te estropee una buena historia" regía más allá del cínico periodismo. Tanto atizarle con el fake a la prensa, cuando la historia está llena de fake news. Las peores, no lo duden, son las que se fabrican por una buena causa.

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