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Luis Herrero Goldáraz

Monarquía o República

Elegir entre Monarquía o República es una de esas propuestas dicotómicas que lo prometen todo. Es decir, que no tienen nada que ofrecer.

Elegir entre Monarquía o República es una de esas propuestas dicotómicas que lo prometen todo. Es decir, que no tienen nada que ofrecer.
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Escribió Camba alguna vez que los primeros cambios que la República aportó a España se redujeron exclusivamente a la nomenclatura. Es decir, que nada era distinto, aunque tampoco nada se llamara igual. Al poco de ser proclamada, explicaba él, las calles seguían siendo idénticas, con la diferencia de que cualquier alusión a la Corona en el mapa había sido sustituida por referencias más progresistas, es decir republicanas, es decir igual de inútiles que lo anterior. La gente de a pie tardó en percibir más avances sustanciales que esos. De modo que, como ocurre siempre que la prometida línea ascendente hacia el progreso se estanca, la ilusión por la nueva era no tardó en paralizarse y descender. Para ilustrarlo bien, Camba ponía el ejemplo de los trenes. Él observaba que los que llegaban a Pontevedra, por ejemplo, seguían recorriendo la última cuesta que llevaba a la estación con la misma lentitud decrépita de siempre, pero sin el membrete del rey dibujado en sus vagones. Lo sorprendente del asunto era que aquello levantase tanto alborozo entre los entusiastas. Y yo supongo que el problema del entusiasmo es que tiende a ponerse violento si lo hacen esperar.

Todo se podía resumir en que si España era un moribundo esperando un electroshock, como diagnosticaban algunos, lo más probable es que su cadáver terminase pudriéndose en la camilla delante de sus autoproclamados médicos, demasiado ocupados discutiendo el nombre con que lo iban a rebautizar. La cosa era más sangrante si se reparaba en que la fiebre terminológica era tan insustancial que sólo podía beneficiar a los políticos. Ellos eran los que con más determinación se habían subido a aquella ola adánica enfervorecida. Iban al compás de sus discursos y cambiaban de nombre, de rostro, de vestimenta y hasta de formas con tal de mantenerse cerca de los cargos. Al final, lo único que consiguieron fue introducir una temática distinta en la eterna fiesta de disfraces que se ofrece desde siempre en el Congreso. Hacerle un traje nuevo a la nación para que todo siguiera igual. Sólo que encima fue a peor.

Si algo nos enseña la historia, o leer a Camba, es que un político es un vendedor de crecepelo capaz de rasurarle el cuero cabelludo a sus votantes si así consigue colocarles sus productos. Y también que, si por algún casual te da a elegir entre la morgue o la resurrección, no importa demasiado lo que decidas, pues pase lo que pase terminarás eligiéndolo a él. Un político es aquel que se precia de atender a la nación cuando en realidad sólo se escucha a sí mismo. Por eso cuando le dicen "muerte" no suele entender que la sentencia va escrita con su nombre, y sale corriendo a por la guadaña para empuñarla él.

Me he acordado de todo esto ahora que hasta Macarena Olona se ha sumado al carro de reabrir el debate más insustancial. Tiene sentido que haya sido ella. Elegir entre Monarquía o República en estos momentos es tan poco prioritario que sólo puede caber en la cabeza de alguien desesperado por no desaparecer. Una de esas propuestas dicotómicas que lo prometen todo. Es decir, que no tienen nada que ofrecer.

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