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Mario Garcés

Agotamiento de probabilidad o probabilidad de agotamiento

Hace bien Feijóo en apurar sus probabilidades reales, pero sería conveniente no dejarse ninguna pluma en este proceso, si finalmente no es elegido.

Hace bien Feijóo en apurar sus probabilidades reales, pero sería conveniente no dejarse ninguna pluma en este proceso, si finalmente no es elegido.
El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo junto a la secretaria general Cuca Gamarra en el ascensor del Congreso. | EFE

Domingo de rondos, lunes de rondas. Y Doña Leticia y don Felipe repartiéndose las cargas derivadas de sus respectivos cargos. Mientras la reina acompañaba con júbilo la gesta australiana de las Aitana, Salma, Ona, Olga, Cata y compañía, el rey inicia el turno de consultas para nombrar presidente en el palacio de la Zarzuela. De la euforia futbolística a la furia política en apenas veinticuatro horas. Y el Rey bajo la mirada atenta de todos, convertido en árbitro de una decisión trascendental, que adoptará, inequívocamente, bajo un principio de lógica y justicia. A diferencia de la colegiada americana que pudo recurrir al VAR para señalar un penalti en la final de Sidney, don Felipe no puede recurrir a la tecnología, ni variar el resultado electoral.

Como tuve ocasión de describir en un artículo anterior, Felipe VI tendrá que adoptar la decisión sobre base de un cálculo de certezas o de un cálculo de probabilidades si considera, en la aritmética de Pedro Sánchez, los sumandos de los partidos políticos ausentes del trámite preceptivo del consultas regias. Abstengámonos, por tanto, de solemnizar expresiones apremiantes, que pueden hacer daño no sólo a la propia Casa Real sino a quien las pronuncia, pues ningún partido puede sobrepasar los límites de la Constitución, de la institucionalidad monárquica, y, mucho menos, proyectar resultados insatisfactorios propios en quien no tiene la culpa. No nos hagamos más daño.

Legítimo y racional es que Feijóo y Sánchez se postulen como candidatos porque razones tienen, hoy por hoy, para poder hacerlo. En el caso del presidente del Partido Popular, a fecha actual, es el único que dispone fehacientemente de más apoyos para ser investido. Esta candidatura se presenta bajo la prueba de certeza y de fiabilidad porque los amparos políticos son manifiestos. Por el contrario, el actual Presidente del Gobierno concurre a la sesión de consultas bajo una cábala posibilista, en el entendimiento de que los apoyos necesarios para la mayoría absoluta parten de formaciones políticas que todavía no han expresado su parecer y que, adicionalmente, declinan la comparencia en sede monárquica. Pudiera el candidato Sánchez expresar al Rey que dispone de los mismos apoyos que sirvieron de base al nombramiento de la babélica Armengol como presidenta del Congreso, pero, actualmente, es una hipótesis no autentificada.

Hay quien, en teoría de probabilidades, y a la vista de los hechos consumados esta última semana, piense que el resultado de la votación de la presidenta del Congreso es replicable en el trámite de nombramiento de Presidente del Gobierno. Sea. Pero habrá que probarlo, y la única prueba posible es la evidencia mediante una manifestación expresa por parte de los satélites incomparecientes de que eso sea así. Mientras esta no se produzca, el candidato Sánchez tiene un problema. Y no tanto porque Sánchez sea la identidad misma de aquel personaje de la película "Mesas separadas" -como PP y VOX- que exclamaba que "no conozco a nadie que mienta con tanta sinceridad", sino, lisa y llanamente, porque el Rey tiene que formarse opinión sobre realidades y no sobre conjeturas ni adhesiones de terceros no comprobadas.

En ese sentido, el candidato del Partido Popular tiene todo el derecho del mundo de agotar sus probabilidades. Es más, nadie en el futuro entendería que no lo hiciera aunque el resultado no fuese el esperado. Sánchez corre un riesgo, lejano pero riesgo cierto, de que haya un cisne negro en el sumatorio de sus apoyos. Es cierto que el posible cisne negro de Waterloo mudó el plumaje en la votación de Armengol y que se sumó a la plancha entreguista del socialismo plurinacional. Y es probable que lo vuelva a hacer. Pero probable no es cierto ni improbable. Es verdad que lo inesperado, después de lo que ocurrió la semana anterior, cada vez se antoja más lejano, pero en el mundo del martirologio independentista, nunca se sabe cómo puede reaccionar Puigdemont Tadeo.

Hace bien, por tanto, el candidato Feijóo en apurar sus probabilidades reales, pero sería conveniente no dejarse ninguna pluma en este proceso, si finalmente el presidente del Partido Popular no es elegido presidente del Gobierno. En el cálculo de probabilidades, hay que elegir bien las opciones propias y evitar movimientos que puedan ser perjudiciales en el futuro. Hurgar huecos de apoyo con un PNV que piensa más en conservar su hegemonía en el País Vasco amenazada por EH Bildu, y que fueron cisnes negros en aquella fatal moción de censura que cambió la historia de España, puede ser un trágala estéril que la derecha social de este país ni entienda ni perdone. Y menos entendible será seguir ofendiendo a quien ofrece sus votos, a quien ha permitido la formación de gobiernos autonómicos y locales. La realidad es la que es, no la que se quiere que sea, y no se puede jugar al ventajista juego infantil de taparse los ojos, para disipar esa misma realidad o para esconderse. Algo parecido al cantante de moda, José Manuel Soto, cuando tararea esa célebre letra: "Ahí está la pared/Que separa tu vida y la mía/Esa maldita pared/Que no deja que nos acerquemos".

Por consiguiente, agótense todas las probabilidades. Hay que hacerlo por legitimidad, por lógica y, porque de no hacerlo, el candidato popular acabaría condenado al sumidero de las ocasiones perdidas como Arrimadas en Cataluña. Pero hágase bien, porque si finalmente las cosas no salen de acuerdo con lo pretendido, del agotamiento de probabilidades se pasará, sin conmiseración social, a la probabilidad de agotamiento social.

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