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Cristina Losada

A contracorriente. Adiós a Amando de Miguel

Por la firmeza con la que mantuvo la integridad intelectual y por tantas otras cosas, Amando de Miguel pertenece a la estirpe de los clásicos.

Por la firmeza con la que mantuvo la integridad intelectual y por tantas otras cosas, Amando de Miguel pertenece a la estirpe de los clásicos.
Amando de Miguel | La Esfera de los Libros

La última vez que vi a Amando de Miguel fue hace más de un lustro en una Feria del Libro de Madrid, un espacio que para él, autor de decenas de libros, debía ser tan familiar como su inmensa biblioteca. Aquella mañana nos pusieron a firmar en la misma caseta, cada uno su libro, y ninguno de los dos tuvimos mucha clientela. Pero no comentamos siquiera aquella escasez; son gajes del oficio, y en España, como él mismo decía y habrá dejado escrito, escribir es llorar. Amando, en cualquier caso, no era hombre que se viniera abajo. Como escribió en alguna parte, lo que había dado sentido a su vida era el trabajo, y en su trabajo, que desplegó en distintas facetas y abordó desde distintos ángulos, era perseverante e infatigable.

Amando de Miguel fue el fundador de la sociología en España. Fue quien trajo a nuestro país, siguiendo las enseñanzas de su maestro Juan José Linz, la novedad que suponía el enfoque, con acento en lo empírico, de aquella moderna disciplina que había tomado impulso en los Estados Unidos, donde él mismo pudo ampliar estudios. Pero no sólo fue el fundador de la sociología en España; fue también quien popularizó la sociología en nuestro país.

Fue el pionero de estudios sociológicos, como aquellos primeros Informes Foessa que detectaron el cambio social que se estaba produciendo en los años del gran despegue económico de España bajo el franquismo. Y fue el sociólogo que alternó la tarima de la cátedra con las más populares tribunas de la prensa y los medios y dio, desde allí, visión e ideas que enriquecieron la conversación política española en momentos clave.

En las tertulias, y en algunas tuve la suerte de coincidir con él, Amando de Miguel no era nunca un contrincante. Era siempre el intelectual interesado en escuchar, detectar o alumbrar una nueva tesis y encontrar una explicación que arrojase luz sobre algún fenómeno. Apoyaba aquello que le parecía que servía para aclarar las cosas o se le ocurría a él alguna idea novedosa en el curso de la discusión. Sus estancias en Estados Unidos le habían impregnado del estilo de un profesor universitario americano y era capaz de hacer de cualquier encuentro y conversación un brainstorming cordial.

Su biografía, que expuso en Memorias y desahogos, publicado en 2010, es un testimonio de la capacidad de superación y de la cultura del esfuerzo que prendieron en España en las décadas posteriores al fin de la Guerra Civil, y que terminaron por cambiar el país. Porque Amando, nacido en una familia humilde de un pueblo de Zamora, cumpliría el sueño entero y llegó a ser catedrático a base de inteligencia, esfuerzo y tesón. Prácticamente todo lo notable y valioso que tenemos se gestó en esa generación que llegó a la edad adulta después de la Guerra Civil. Fue tambien la que, en los setenta, formó la base social estable, prudente y decidida, que permitió que funcionara como un reloj una empresa tan compleja como la Transición.

No fue Amando un hombre que ocultara sus opiniones por miedo a ir a contracorriente y al muy español "qué dirán". Alguien que, a causa de un artículo, padeció cárcel durante el franquismo, tiene que estar curado de espanto. Fue uno de los firmantes principales del Manifiesto de los 2.300, por la libertad lingüística en Cataluña y, como otros, acabó marchando de alli. A él le debemos la primera e impactante crítica de Felipe González en el libro que escribió junto a José Luis Gutiérrez, La ambición del César, y que enfureció a los endiosados dirigentes del PSOE de entonces, nada nuevo bajo el sol.

Por la firmeza con la que mantuvo la integridad intelectual y por tantas otras cosas, Amando de Miguel pertenece a la estirpe de los clásicos. No fue un "intelectual comprometido" en el sentido que ha acabado teniendo un concepto degradado por el uso y el abuso, pero sí un intelectual que tenía y sentía un compromiso pleno con su trabajo. Un compromiso con la verdad y también con la condición necesaria para que ésta vea la luz, la libertad. Por esto había que admirarle; por su trabajo y por su obra se estará siempre en deuda con él. Amando de Miguel saludaba diciendo: "¡Qué alegría!". Pero hoy, que le hemos perdido, sólo tenemos tristeza.

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