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Mario Garcés

Gabilondo, el extrapolador del pueblo

Una vez más, la extrapolación es un ejercicio acientífico y mendaz que solo busca la reprobación de la Iglesia Católica.

Una vez más, la extrapolación es un ejercicio acientífico y mendaz que solo busca la reprobación de la Iglesia Católica.
Ángel Gabilondo | Ricardo Rubio / Europa Press

Eran años de aroma a naftalina, sotana entre tremolinas de mozalbetes jugando al fútbol entre dos puertas pintadas en las paredes del patio, y membrillo a las seis de la tarde para los más esmerados o para los más aplicados en el arte de la coba. Infancia escolapia en Jaca y ni un solo caso de acecho sexual por parte de ningún sacerdote. Cierto es que alguno tenía la mano larga para el cintarazo o para la ostia, la no consagrada, que ardía en la mejilla. Había uno que estaba especializado en el izado olímpico de impúber por la vía de sujetar con los dos dedos una oreja, a modo de castigo físico por no satisfacer sus exigencias académicas. Pero de allí a otra cosa, nada de nada. Pero nada. Ni en mi generación ni en otras. Por eso, a la vista del informe del extrapolador del pueblo sobre los casos de abusos sexuales en el seno de la Iglesia Católica, los de Jaca no debemos formar parte de los 440.000 damnificados. Ni los de Jaca ni los de muchas ciudades y pueblos que conozco.

Nadie moralmente digno cuestiona que el sacerdote que abusa de un menor, en el ejercicio de su autoridad, es un ser repugnante. No debería de haber alzacuello que impidiera sujetar al presbítero de la nuez y llevarlo ante la justicia ordinaria, ahora y siempre. Y a una celda de las de verdad, y no de las de orantes. De justicia divina, ellos sabrán. Depravados que sólo producen asco, y que se beneficiaron del silencio inerme de muchas víctimas atemorizadas y del silencio cómplice de quienes lo ocultaban. Los niños de Dios ni se venden ni se tocan.

Pero habrá que reconocer que la extrapolación de estos días sobre el alcance del oprobio es un desafuero, entre la estupidez demoscópica y el anticlericalismo bobalicón de los de siempre. Una vez más, la extrapolación es un ejercicio acientífico y mendaz que solo busca la reprobación de la Iglesia Católica, que debería depurar su responsabilidad internamente y externamente en los Tribunales, bajo el rigor siempre de las pruebas en el seno de un juicio justo y no de una ordalía. La turbamulta de laicistas y anticlericales, que en España funden sus odios sin entender que significa laicismo y anticlericalismo, se frota las manos con estas conclusiones. Y ya solo les faltaba que el extrapolador del pueblo contribuyera con un ejercicio de filibusterismo estadístico.

La primera equivocación, de manual, es la extrapolación sin más de una muestra sin sesgos ni representatividades. Como los responsables de esta hazaña numérica hayan sido los de la agencia demoscópica, se podría entender parte de las previsiones sobre el resultado reciente de las últimas elecciones generales. Parecen perseverantes en el empeño de autodestruir su reputación. Un ejemplo: si Mónica Oltra tuviera dos relaciones estables más a lo largo de su vida, habida cuenta que de las dos anteriores, en una presuntamente hay pruebas de abusos sexuales, el tercero o cuarto sería un pederasta. Uno de cada dos. O, por ejemplo, si se llega a comprobar que tres trabajadores sociales de una Comunidad como Baleares participaron en la trama de abusos de menores tutelados, de suyo sería que, de acuerdo con los genios de los números, en la misma proporción sobre el universo de trabajadores sociales en otras Comunidades Autónomas, en todas hubiera un número determinado de delincuentes. Al extrapolador del pueblo se le ha abierto un amplio horizonte de cábalas para cifrar maltratadores y maltratados, o defraudadores y defraudados, que estremece. A la delincuencia por la estadística de la extrapolación rudimentaria. Vaya nivel.

Pero hay una segunda equivocación en la que subyace un profundo sesgo ideológico y sectario. Evidentemente se deben analizar todos los casos de abusos en el seno de la Iglesia Católica, pero se desconoce la razón por la que el extrapolador del pueblo no analiza los abusos actuales que sufren miles de niños y niñas en España y que no tiene origen en las sacristías católicas, sino quizá en los lugares de culto de otras religiones donde el crucifijo está prohibido. Según el informe publicado por la Secretaría de Estado contra la violencia de género en 2020 sobre mutilación genital femenina en España, de acuerdo con la extrapolación llevada a cabo sobre el origen de los emigrantes y sus tradiciones culturales, en 2018 se podrían haber practicado en España más de 3.600 ablaciones de niñas. Otra extrapolación sobre la que Gabilondo, el extrapolador del pueblo, nada dice. Y también es violencia sexual, de ayer, de ahora y de futuro, pero de eso no interesa hablar. Es más rentable políticamente la asquerosidad salivar del impresentable de Rubiales, que niñas cuyos labios vaginales son humillados con una navaja por parteras y familiares. Es más rentable percutir institucionalmente contra una Iglesia Católica que tiene que purgar su culpa, con todas las consecuencias penales para los agresores, que reconocer que hoy y aquí, en esta España donde cada vez hay menos sotanas, hay matrimonios forzados y ablaciones de niñas. Pero una vez más la izquierda se enzarza con el ajuste de cuentas con el pasado, porque no se atreve, desde su menesterosidad, en hacerlo con los abusos a menores actualmente. Miran a otro lado. Extravían y extrapolan la vista. No llevan sotanas y no les interesa.

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