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Luis Herrero Goldáraz

Fingir que duele

Lo más peligroso de sentirse roto no es simplemente estarlo, sino tener que parecerlo.

Lo más peligroso de sentirse roto no es simplemente estarlo, sino tener que parecerlo.
Albert Camus, autor de El Extranjero. | Archivo.

Dicen los que saben que a Meursault, más conocido como "El Extranjero de Camus", lo sentenció el no sentir nada el día en que murió su madre. Pero en realidad esto que escribo no es verdad del todo. Lo que dicen los que saben, exactamente, es que a Meursault lo sentenció el no ser capaz de demostrar el más ligero sentimiento —no digo yo una lagrimita, pero al menos sí un furtivo carraspeo, aunque fuera accidental— ante la muerte repentina de su madre. Es decir que Meursault vivió y mató. Y fue juzgado. Pero si al final lo sentenció la sociedad fue por no saber que la tristeza hay que fingirla, llegado el caso, ya que si algo no soportan los vecinos no es vivir junto a un psicópata, sino notarlo.

Este es un tema que daría para hablar y que probablemente termine pagando los estudios de los hijos de mi futuro terapeuta, así que no me extenderé. Lo que sí que haré será dejar escrita mi perplejidad ante la falta de recursos verdaderamente útiles con los que se ha dotado la humanidad después de siglos de "darwinismo evolutivo". No es un tema baladí. Doscientos mil años de viaje por la tierra y todavía no hemos aprendido que del psicópata del que hay que guardarse es precisamente del que finge.

Yo he llevado hasta el extremo esta cruda intuición y hoy puedo decir bien orgulloso, mirándolo en retrospectiva, que entre todos mis amigos más cercanos juntan algo así como medio cromañón sintiente. Se imaginarán ustedes lo tranquilo que he dormido siempre. Esto es, principalmente, porque sentir mucho es de psicópatas. O, por decirlo bien, evidenciarlo demasiado acaba siéndolo. No es un capricho que se me acabe de ocurrir: se trata de una trampa criminal. Hay en el dolor una exigencia social de la que nadie puede librarse y que amenaza siempre con desvirtuar el sentimiento. Es una espiral diabólica. Lo más peligroso de sentirse roto no es simplemente estarlo, sino tener que parecerlo. Llegar a preocuparse tanto por colmar las expectativas de quienes están alrededor que ya no se es capaz de recordar qué provocó el hastío que se lleva todo el día subrayando. Créanme, la cosa está bastante clara: uno empieza teatralizando el duelo y termina guardando guantes de látex en la guantera y llevando una doble vida supuestamente idílica en un barrio suburbial cerca de Kansas. O peor, comiendo pizza con cubiertos.

Mucho más de fiar me parecerá siempre aquel amigo al que pusieron los cuernos y del que yo supe que contaba nubes en soledad precisamente porque no paraba de animarme a mí, que el mayor trauma que sufrí en mi vida fue la venta de Redondo. Cuando le paré y le pregunté, directamente, me respondió eso: que en su soledad contaba nubes, como para ponerse a contarlas también en compañía. Desde entonces siempre que cualquiera de los dos necesitamos un apoyo hacemos como Ted y Marshall en Cómo conocí a vuestra madre: esperamos a la hora más intempestiva para llamarnos y quedamos solos en un bar, donde arreglamos nuestros problemas y nos reímos de ellos intercalando diálogos de los Simpsons.

Lo mejor de rodearse de gente que siente honestamente es saber a ciencia cierta que sus quejas van a ser también honestas. Uno acude a sus llamadas a la guerra como si la llamada la hubiese hecho Máximo Décimo Meridio porque sabe que esas guerras siempre están justificadas. Pero, sobre todo, lo que uno hace es aprender de ellos. Alguno me dirá que con este criterio tan estricto a la hora de seleccionar amigos es inevitable que se me haya colado algún psicópata Meursault entre bambalinas. Pero chico, yo qué quieren que les diga. De mi amigo Meursault, que lo tengo y que no finge, sé perfectamente qué esperarme.

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