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Cristina Losada

Cuando querían cancelar la Navidad

Los del discursito te dicen que el cristianismo es una religión y, por tanto, mala, pero que otras religiones, especialmente el Islam, son "cultura".

Los del discursito te dicen que el cristianismo es una religión y, por tanto, mala, pero que otras religiones, especialmente el Islam, son "cultura".
Decenas de personas asisten al encendido de las luces de Navidad 2023 en Porta do Sol, en Vigo, Pontevedra, Galicia (España) | Javier Vázquez / Europa Press

No hace tanto tiempo, si lo medimos con cierta perspectiva, que la Navidad fue sometida a un proceso de repudio y estuvo a punto de ser cancelada. También ella y aquí mismo, en un país culturalmente católico, donde las fiestas navideñas son más extensas que en ningún sitio, gracias a los Reyes Magos. Fue la época en que desde los departamentos del Gobierno —estaba Zapatero— se enviaban felicitaciones por el "solsticio de invierno", en que los adornos y luces en las calles evitaban cuidadosamente cualquier parecido con los tradicionales, y en que los Belenes, o eran proscritos o sufrían una deconstrucción tan espantosa que nadie podía reconocerlos. Quizá los últimos de aquellos Nacimientos deconstruidos los puso Ada Colau en Barcelona y eran lo suficientemente horrendos como para hacer añorar cualquier belén tradicional por básico que fuera.

El empeño por destruir la vieja Navidad pudo ser uno de esos intentos de modernización que salen mal o fatal, pero resulta que venía acompañado de un discursito. Quién más quién menos alegaba que no se podía celebrar públicamente la Navidad, fiesta cristiana, sin ofender o agraviar a "otras culturas", porque los del discursito te dicen que el cristianismo es una religión y, por tanto, mala, pero que otras religiones, especialmente el Islam, son "cultura" y la cultura, claro, es buena. Por eso felicitan con entusiasmo el Ramadán, pero se cuidan de felicitar la Navidad. Su posición, por resumir, era que no se debía imponer a "otras culturas" una fiesta religiosa y que la Navidad, sí o sí, tenía que desaparecer del espacio público. Luego estaba además un gran asunto, un tema capital, como la separación Iglesia-Estado. Un belén en un Ayuntamiento, por ejemplo, ¿no atentaba contra esa separación? ¿Y un árbol de Navidad? Para los doctos en la materia, un belén o un árbol de Navidad en un lugar público eran el primer paso hacia la instauración de una tiranía religiosa (cristiana, porque —recordemos— las otras religiones son culturas).

Aún quedarán por ahí restos de aquel intento de cancelación, pero hay que decir que el empeño en deconstruir, alterar y hacer desaparecer la Navidad ha fracasado de manera estrepitosa. Donde más evidente es el fracaso es precisamente en el espacio público. La prueba es el éxito de las ciudades que atraen a visitantes en Navidad para ver sus luces y adornos navideños. Esas urbes no inventaron absolutamente nada. Lo que hicieron fue aprovechar que muchos estaban haciendo desaparecer la Navidad de sus calles y plazas, para recuperar la simbología tradicional, aumentarla exponencialmente, y transformarse en una especie de parques temáticos navideños.

Los parques temáticos navideños —yo vivo en uno y es, a veces, insufrible— tienen sus defectos y sus problemas, pero han resultado atractivos porque ofrecieron Navidad en grandes dosis y hasta en exceso, justo cuando parecía que la identidad navideña se iba al traste por anticuada y políticamente incorrecta. Porque resulta que mucha gente quiere sentir que es Navidad, y lo siente a través de las guirnaldas, de las luces, de los decorados luminosos e incluso de esos árboles metálicos que compiten por ser el más alto de España o del mundo. Qué cosas raras suceden. Se quiso cancelar la Navidad, y cuando se la estaba reduciendo al mínimo, y por eso mismo, la Navidad empezó a recuperarse. Hay tradiciones imbatibles.

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