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Pedro de Tena

La metamorfosis de Marlaska

El hombre que una vez fue juez y ahora es miembro de un gobierno socio de los que un día fueron asesinos de policías, guardias civiles, políticos y gente común.

El hombre que una vez fue juez y ahora es miembro de un gobierno socio de los que un día fueron asesinos de policías, guardias civiles, políticos y gente común.
El ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, a su llegada a la Comandancia de la Guardia Civil de Cádiz | EFE

Cuenta Dolores Redondo en su narración de 2009, Los privilegios del ángel, que una ovejita roja, parte de un rebaño de muchas sedosas y dóciles, obedientes y sumisas, sufrió una brutal metamorfosis, tan feroz que de hecho se convirtió en un lobo. Lo relata así: "El tam-tam del infierno operó en la buena ovejita una metamorfosis salvaje. De entre la lana roja surgieron pelos grises y afilados, el pequeño cráneo servil, se abombó dando paso al hocico obsceno y babeante de la fiera, y las finas patitas que siempre la habían llevado a donde mandaba el patrón, se transformaron en horribles garras, demasiado armadas para pasear entre las mullidas ovejitas".

En realidad, nuestra escritora de San Sebastián, luego Premio Planeta, se refería a una enfermedad galopante que devoraba la inocencia de la sangre. Pero, al contarlo así, me vino a la cabeza, como una erupción irrefrenable, el nombre de Marlaska, de Bilbao, el hombre que una vez fue juez y ahora es miembro de un gobierno socio de los que un día fueron asesinos de policías, guardias civiles, políticos y gente común, a los que él entonces perseguía.

Pero esa metamorfosis, basada en la absurda y mezquina falacia que hace de los miembros de ETA gente pacífica que dejaron de matar para apuntalar el proyecto Zapatero de gobernar con todos los separatismos y neocomunismos —única forma de que el PSOE pudiera gobernar en España hasta su destrucción total (siempre el partido fue más importante que la nación)—, no ha terminado.

De disponer de la Guardia Civil como policía judicial a su servicio, Marlaska se ha mutado en un ministro del Interior al que se adivinan las ansias de acabar con una Benemérita, de siempre odiada por la izquierda española desde el siglo XIX, que ahora puede ser un peligro cierto para la consumación del golpe de estado en marcha que quiere hacer de España un muñeco de trapo en manos de sus enemigos, internos y externos, incluso volando desde Moscú.

Su estrategia de laceración del Cuerpo, en realidad el grupo militar con mejor y más precisa información de toda España y uno de los mejores del mundo, empezó por la cabeza, caso de los Cobos, y ha ido bajando hasta llegar hasta los números de a pie, a los que se niegan medios y se les paga menos que a cualquier guardia de la porra municipal en algunas Autonomías.

Lo que se ha visto este fin de semana en Cádiz, Barbate, es la gota que ha colmado todos los vasos, hasta de la Fiscalía Antidroga de Cádiz. Una narcolancha de más de 300 caballos de potencia embistió a una lancha neumática de la Guardia Civil que no debería estar allí pero que fue enviada indebidamente por el gobierno. Poco antes ocurrió algo parecido en Sanlúcar de Barrameda.

No me quiero referir ahora a una provincia que, debido al abandono de la democracia (unas regiones y provincias valen más que otras), ha hecho del trapicheo de drogas, y así lo denunció la Fiscalía de Cádiz, y del subsidio de paro sus medios forzosos de vida (recordaré que un parado de la chistosa Cái le dijo hace ya años al New York Times que el paro era un hecho más de la vida "como el amor y la muerte"). Fue en pleno Carnaval.

Me voy a centrar en el aplauso terrible y atroz, en el ánimo criminal infundido por muchos de los testigos de la matanza, a los narcos refugiados del temporal en el Puerto de Barbate para que arremetieran contra la "lanchita" de la Guardia Civil a no sé cuántos kilómetros por hora. Sabemos los resultados, tres guardias civiles asesinados deliberadamente mientras el coro cómplice festejaba la "hazaña".

Pero no fue sólo el grupito de testigos aliados de los narcos asesinos. ¿Cuántos otros grupos del País Vasco, de Cataluña, de Galicia y de algunas otras regiones de esta destartalada nación aplaudieron el asesinato de estos guardias civiles? Creo que habrán sido miles, decenas de miles de los que ahora se cogen de la mano del gobierno para blanquear sus crímenes.

Ana Villagómez, fiscal antidroga de Cádiz, lo dijo bien claro. Escúchenla aquí, por favor. Esta admirable mujer ha denunciado "la absoluta inferioridad" de la Guardia Civil ante la "impunidad" del narco. Y de hecho, prescribió al gobierno y a Marlaska que no fueran al funeral de los asesinados: "Que no vengan al funeral a dar muchos pésames cuando después no dan los medios que hacen falta". Marlaska ha completado su deshonrosa metamorfosis. Es ya el principal depredador de la Guardia Civil que debería defender. Puede dimitir en paz. Ya ha cumplido.

Al fondo, El enclave, como llama el escritor malagueño Jose Manuel Cruz a Gibraltar, en sus novelas El temor del mensajero y Casandra encadenada: el paraíso del dinero negro, de los narcos, del tráfico de armas…Y poco más allá, el intocable Marruecos. Aquí, la España indefendida por su propio gobierno. ¿Cuándo se convertirá el silencio de los corderos en indignación estratégica con repercusión electoral definitiva para acabar con tanta felonía?

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