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Cristina Losada

La (di)solución de Ciudadanos en Cataluña

¿No era más justo y más lógico hacer una coalición de igual a igual? ¿No era también lo más inteligente?

¿No era más justo y más lógico hacer una coalición de igual a igual? ¿No era también lo más inteligente?
El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. | EFE

El Partido Popular y Ciudadanos irán cada uno por su cuenta en Cataluña, por haber rechazado el primero una coalición electoral y el segundo, una simple y llana disolución en las listas del primero. Visto con cierta benevolencia, las dos opciones que se presentaban a lo que queda de Ciudadanos tenían, cada una de ellas, motivos razonables o al menos, comprensibles. Para unos, lo esencial era salvar lo que pudiera salvarse, clásica operación de salvamento que se realiza obteniendo un puesto en una lista. Para otros, lo esencial era preservar un proyecto político que en Cataluña llegó a cotas que nunca había alcanzado el PP ni en sus buenos viejos tiempos.

Por qué rechazaron los populares una coalición electoral es una pregunta que se contesta, de entrada, mirando hacia atrás. Desde que Cs empezó a ir cuesta abajo sin frenos, el PP ha procurado empujarlo para que se rompiera la crisma cuanto antes. Naturalmente, no es esta la versión para el público infantil. En el horario de los peques se habla de "integración", como acaba de hacer Feijóo en una entrevista de Leyre Iglesias y Marta Belver en El Mundo. Pero si llamamos a las cosas por su nombre, hay que decir que el PP ha integrado o absorbido a antiguos miembros de Ciudadanos e integrará a alguno más, pero al partido en Cataluña lo que le pedía es que se disolviera y adiós. Feijóo lo cuenta contando personas. A su decir, "el protagonismo de dos, tres o cuatro personas de Ciudadanos en Cataluña impidió que el secretario general de Cs (Adrián Vázquez) pudiese culminar una conversación que habíamos iniciado hace un par de meses". Contemos personas, pues: dos, tres o cuatro personas impidieron el acuerdo al que se había llegado con una persona. Hombre. Lo raro sería que una sola persona impusiera algo contra la voluntad de dos, tres o cuatro personas.

Feijóo es un político que se precia de atender a las especificidades de las autonomías, pero al llegar a Cataluña, deja de atender a lo específico. Vayamos a lo cuantitativo, que es la base de lo demás. En la legislatura que ahora caduca, Ciudadanos tenía seis escaños y el Partido Popular, tres. Cierto que las encuestas pintan muy mal para Ciudadanos, pero el punto de partida era el que era: duplicaba al PP en escaños. Estaba más justificado que Cs le pidiera al PP que metiera a alguna gente en su lista y renunciara a sus siglas, que la petición inversa, por muy basada en pronósticos que esté. De cualquier modo, ¿no era más justo y más lógico hacer una coalición de igual a igual? ¿No era también lo más inteligente? Lo era. Ciudadanos llegó en Cataluña a un electorado que al PP se le escapa. O que escapa del PP. Aunque el cálculo electoral no es ni debe ser lo único.

Puede que lo de Ciudadanos en Cataluña sea ya una historia del pasado, incluso del pasado remoto, y que huela a alcanfor el hito de haber sido el único partido abiertamente contrario al nacionalismo que ganara unas autonómicas (2017). Aceptemos, aun por aceptar, que todo lo que fue no importa hoy a nadie. Pero si uno quiere construir la "casa común del constitucionalismo" —que Feijóo dice ya que es la suya y sólo la suya; extraña forma de construir una casa común—, habrá que valorar y potenciar un hito como aquel, en vez de enterrarlo en el olvido haciendo menosprecio. Claro que entonces tropezaríamos con otro pasado. Porque el PP tiene un pasado con el nacionalismo catalán. No contra él, sino con él. Ese pasado ha asomado ahora, medio tapado como un furtivo, pero aún reconocible, en la voluntad de liquidar, con aparente amistosidad pero de forma expeditiva, los restos de un partido que nació para oponerse al nacionalismo. Y oponerse al nacionalismo es también oponerse a dar al nacionalismo lo que quiere. Como tantas veces hacen el PSOE y, sí, el PP.

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