Menú
Itxu Díaz

Aquella sangre aún duele

Siempre, siempre, siempre con las víctimas. Jamás con la gentuza del tiro en la nuca, con sus amigos, ni mucho menos con quienes tanto los han defendido, el PNV.

Siempre, siempre, siempre con las víctimas. Jamás con la gentuza del tiro en la nuca, con sus amigos, ni mucho menos con quienes tanto los han defendido, el PNV.
El candidato a lehendakari del Partido Nacionalista Vasco, Imanol Pradales, participa en el mitin electoral celebrado este jueves en la plaza de la Provincia, en Vitoria. EFE/Adrián Ruiz Hierro | EFE

"Los brazos de un niño que murió sin juicio es todo lo que va a quedar". Es parte de la letra de Inocentes, la conmovedora canción que mi amigo Santi Santos de Los Limones dedicó en el 92 a las víctimas del atentado de Hipercor de 1987, y que ha pasado a la posteridad como himno de la lucha antiterrorista. Es todo lo que tengo que decir a los hijos de perra que todavía hoy se atreven a referirse a los etarras como honrosa y noble "lucha armada" en plena campaña electoral. Estremece el nivel de enfermedad mental colectiva a la que ha llegado una parte importante de la sociedad vasca para que un candidato considere que esa miserable apreciación puede aportarle votos. Estremece hasta la náusea.

Porque no fue solo Hipercor, por supuesto, tu miserable "lucha armada". Tus amigos, hace unos 30 años, vieron que el patio de la casa cuartel de Vic estaba a rebosar de niños jugando a la rayuela y a la pelota, les vieron las caritas de felicidad correteando al caer la tarde, cuando empezaba a refrescar, que aquella primavera fue sofocante. Les vieron las caras y escucharon sus risas divertidas, e instantes después decidieron echarles encima, en pleno patio, un coche bomba con doce bombonas de butano rellenas con más de 200 kilos de amonal. Tus héroes, a los que ahora homenajeas. Valientes asesinos de niños.

Por supuesto, sabían que no había guardias civiles, que la mayoría estaban dando cobertura a una competición deportiva lejos de allí. Sabían que tan solo había niños y madres. Y lo hicieron. Como siempre ha hecho la ETA, probablemente la banda terrorista más miserable y cobarde del planeta. Tu "lucha armada" es la imagen nunca olvidada de un guardia cubierto de sangre, sacando de los escombros a una niña de unos ocho años, moribunda, igualmente ensangrentada, ante la mirada asustada de otros seis críos, confusos, llorando entre una inmensa nube de humo, y una madre cubierta de lágrimas empujando el carrito de su bebé sobre una capa de cristales, ceniza y restos del coche bomba. Valientes liberadores de no sé qué paranoia vasca, mutilando menores, y reventando bebés con bombonas de amonal.

Y por supuesto, el coche bomba de la plaza de la República Dominicana en Madrid, las cinco niñas asesinadas en la explosión de una bomba en la comandancia de Zaragoza, las bombas de Atocha y Chamartín, el asesinato vil y cobarde del procurador Juan María Araluce en San Sebastián, al que su mujer y sus 9 hijos esperaban a la mesa para comer cuando fue tiroteado a traición en su portal, para que lo escuchara bien la familia; las bombas en los hoteles de Alicante y Benidorm, el de la T4 en Barajas, el de Ricardo Couso, al que tirotearon en su coche cuando acababa de recoger a su hijo de 9 años del colegio, que el crío iba sentado en el asiento del copiloto y vio morir a su padre, y se quedó luego solo llorando en un banco sin que nadie lo auxiliara.

El de Miguel Ángel Blanco –el atentado que mejor define la nobleza y sensibilidad de la mafia etarra—, el de Gregorio Ordóñez –aquel restaurante, aquella comida entre colegas, la pistola en la nuca, la reacción heroica de María San Gil saliendo tras el asesino de su amigo—, los secuestros, las amenazas y los pandilleros aprendices de sicarios reventando negocios de familias honradas noche tras noche, las tumbas de los asesinados profanadas —¿qué clase de alma repleta de basura puedes tener dentro para profanar la tumba de un tipo inocente al que ya has asesinado?—, aquel puñado de pseudo-curas tarados, llenos de mierda hasta las cejas, negándose a que el féretro de las víctimas pase por la puerta principal del templo en el funeral, las miles de familias con niños, de hombres y mujeres de bien, a los que les hicisteis la vida imposible, desde el colegio de los pequeños –pintadas, palizas, insultos, y bromas macabras— hasta los puestos de trabajo de los mayores –cada noche, lluvia de cócteles molotov—, y tuvieron que terminar largándose de su propia tierra y la de sus padres y abuelos, que eran mil veces más vascos que todos vosotros juntos. La lista sería interminable. La lista de vuestra heroica "lucha armada". Varias generaciones de niños nos levantamos durante años esperando escuchar en la radio a cuántos inocentes habría matado ETA esa mañana.

El cierre de la campaña electoral vasca está siendo una película de terror, con toda la miseria humana aflorando por cada esquina, por cada mitin. Siempre, siempre, siempre con las víctimas. Jamás con la gentuza del tiro en la nuca, con sus amigos, ni mucho menos con quienes tanto los han defendido, el PNV va a recibir ahora la penitencia por su pecado, ni con quienes los han blanqueado para pactar con ellos de la manera más obscena, eso va por ti, Sánchez. La sangre del "niño que murió sin juicio" en la canción de Los Limones también pesará para siempre sobre vuestras atrofiadas conciencias, porque los españoles de bien jamás olvidaremos el lugar "donde los cobardes cubrieron con sangre toda su mediocridad".

Temas

En España

    0
    comentarios