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Pablo Molina

En el aniversario del glorioso 15-M

En la siguiente recesión sabremos si haber aguantado durante años a esta caterva de golfos con ínfulas ha servido para algo.

En la siguiente recesión sabremos si haber aguantado durante años a esta caterva de golfos con ínfulas ha servido para algo.
Pablo Iglesias y Monedero | Archivo

En mayo de 2011 hizo eclosión en España un movimiento liderado por radicales ultraizquierdistas al que rápidamente se sumaron cientos de miles de ingenuos, que llegaron a creer sinceramente que los problemas derivados de la recesión mundial iniciada en 2008 iban a ser solucionados por un puñado de jóvenes comunistas sin más experiencia vital que haber obtenido una licenciatura en ciencias sociales.

La desesperación de los ciudadanos, que asistían al desplome de la economía sin capacidad de reacción, los convirtió en zombis morales dispuestos a confiar en el primer cretino que saliera en televisión vociferando contra el capitalismo y pidiendo meter en la cárcel a los poderosos. En consecuencia, la ultraizquierda liderada por Iglesias y sus amigos obtuvo unos resultados excelentes en las siguientes elecciones generales, impropios de un país desarrollado que se respeta mínimamente a sí mismo. Durante la campaña electoral me encontré por la calle a una señora de edad avanzada repartiendo octavillas de Podemos que, ante mi rechazo a coger uno de esos panfletos, me miró con sorpresa y me espetó: "¡Oiga, que viene Errejón!". Hoy andará haciendo senderismo con sus amigos de la asociación de yayoflautas, haciendo cursos de yoga y cuidando de sus numerosos gatos.

Cuando, finalmente, pasó la ventolera (ya solo queda que el viento de la historia arrastre con él las últimas zurrapas podemitas), muchos de los ingenuos que votaron perroflauta se niegan a admitir que lo hicieron por rencor, con el único objetivo de que todo el mundo se jodiera tanto como ellos se estaban fastidando. En su lugar, aseguran que se dejaron convencer por esta tropa de insolventes porque el análisis de las causas de la crisis firmado por Iglesias, Errejón, Bescansa y Monedero era correcto, pero las recetas que proponían estaban desfasadas.

Por supuesto, no es así. Los bancos no provocaron la recesión (fueron las cajas de ahorro, gestionadas por políticos), el sistema del 78 no era un candado para limitar los derechos del pueblo (vivimos en un régimen democrático homologable al del resto del mundo) y el socialismo no es la solución a los problemas de las sociedades desarrolladas sino, precisamente, la causa que los motiva.

Los indignados acampados en las plazas, poniendo en riesgo la salud pública, trincaron un sueldo oficial y se fueron a vivir a la sierra, como los señorones. Sus votantes, dos décadas después, han empezado a intuir que igual les tomaron el pelo y, en consecuencia, han dejado de votarles. Tienen sucedáneos, pero los resultados electorales son cada vez más miserables, que es lo que corresponde a un país civilizado.

El 15-M pasó, aunque no es seguro que la estafa monumental chavista haya inoculado suficientes retrovirales en el cuerpo místico electoral español. En la siguiente recesión sabremos si haber aguantado durante años a esta caterva de golfos con ínfulas ha servido para algo.

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