Hombre adelantado a su tiempo, Jaume Collboni convocó una rueda de prensa la semana pasada para anunciar cuál será la primera medida que tiene previsto aprobar dentro de cuatro años y medio, en 2029, cuando su mandato ya haya acabado y, en consecuencia, no ocupe con toda probabilidad la alcaldía de Barcelona. Resulta que lo más urgente que quiere hacer el alcalde cuando ya no sea alcalde es prohibir los pisos turísticos de la ciudad, unos 10.000 ahora mismo. Aunque, ya puestos, también podría aprovechar para declararle la guerra a Japón u ordenar alguna otra iniciativa igual de vistosa. Y es que, como decía Pla, el caso es ir pasando el rato y no aburrirse.
Por eso mismo, para pasar el rato, acabo de buscar en Internet una habitación para dormir esta noche en un cuatro estrellas de Barcelona, uno muy normal y corrientito cuya única peculiaridad especial radica en que cae a apenas una manzana de mi casa. Me han pedido 450 euros (eso sí, desayuno incluido). Ya sabemos, pues, quiénes más se van a alegrar en Barcelona con la prohibición de los pisos turísticos. Y no son precisamente los del gremio de la extrema izquierda. Por lo demás, la siempre exquisita hipocresía de mis queridos progres de Barcelona no sabe de límites.
El señor alcalde, tan preocupado porque hay unos cuantos plebeyos en el término municipal sacándose un dinero con el piso que heredaron de la abuela sin pertenecer a ningún lobby, quiere tomar medidas radicales en el asunto turístico dentro de un lustro. Porque al señor alcalde lo del turismo le parece que hay que frenarlo, pero con tiempo. Los 26 millones de forasteros que pernoctaron en Barcelona durante 2023 también le parecen demasiados. ¿Y qué ha decidido hacer al respecto en los próximos meses? Pues tres cosas: festejar la Copa América de Vela en el puerto, patrocinar una carrera de Fórmula 1 por el Paseo de Gracia, y pagar una fortuna a los organizadores del Tour de Francia para que una etapa empiece en Barcelona. Ah, santa hipocresía.