
La siempre tan disputada cuestión de determinar quién manda en España es asunto que, en teoría, decidimos entre todos los nacionales mayores de edad que habitamos la península, si bien a efectos prácticos depende solo de lo que digan tres territorios: Madrid, Andalucía y Cataluña. Ello acontece de ese modo, y además de forma crónica, por una muy simple y prosaica cuestión demográfica. Ocurre que esas tres circunscripciones, las más pobladas del país, resultan ser las que con toda lógica aportan más diputados al Congreso.
Y de ahí la vigencia de una implacable ley no escrita según la cual quien no alcance cierta representación significativa en esos tres sitios puede ir olvidándose de llegar alguna vez a la Moncloa. Así las cosas, el actual Partido Popular arrasa en Madrid, medio empata en Andalucía y pierde por goleada en Cataluña; razón por la cual Feijóo no ocupa hoy la presidencia del Gobierno. Por lo demás, la cosa no esconde mayor complejidad; resulta tan sencilla como semeja a primera vista. Dado ese marco, pues, no parece un pronóstico peregrino dar por hecho que el PP estaría llamado a partir de ahora a perder siempre las elecciones, toda vez que los precedentes vasco y navarro nos informan de qué ocurre en los lugares con privilegios medievales con los partidos que se oponen a ellos.
El PP, al igual que el PSOE, está muy a favor de que los vascos nos sigan chuleando al resto de los españoles con la estafa delictiva del cupo. Pero existió otro partido, Ciudadanos, que se opuso de modo frontal al Concierto. Y sabemos lo que le ocurrió en las urnas vascas y navarras. Le ocurrió que jamás obtuvo votos de nadie allí. Nunca. Porque, entre el amor a la patria y el chollo, la gente, que es como es, no duda. Sánchez le acaba de tender una trampa saducea a Feijóo donde más le duele electoralmente. Aunque sibilino, el chantaje a Génova resulta evidente. ¿Qué acabará haciendo el PP ante esa disyuntiva estratégica con tintes existenciales ? No lo sé, pero tampoco confío demasiado.