
Los diabéticos somos quienes mejor conocemos las grandes metrópolis de España, Barcelona y Madrid. La obligación cotidiana del paseo terapéutico matutino nos procura esa pericia topológica de un modo no deliberado. Así, y hasta ayer mismo, yo solía patear la Villa Olímpica de la Barceloneta. Pero he decidido no volver a frecuentar esa ruta en lo sucesivo. La razón es que, una media hora antes de que hubiera cruzado el puente de Marina, dos jóvenes atracadores norteafricanos (algunos les llamarían niños) trataron de lanzar al vacío a un turista que se resistía a ser robado desde sus 15 metros de altura. Se salvó de milagro gracias a un mozo de paisano que transitaba por allí.
La izquierda va a perder las próximas elecciones no por los inciertos negocietes cutres de Begoña Gómez o por los daños colaterales fruto de la irrefrenable líbido del cesante Ábalos. La izquierda va a perder por historias como la de ayer en el puente de Marina. Por lo demás, España es un país en el que la mayoría de las personas mayores de 60 años no ha dormido nunca en su vida dentro de alguna habitación correspondiente a un hotel de cuatro estrellas. Y morirán sin jamás haber pasado una sola noche en un entorno similar.
Con todo el dineral obsceno que se gasta Sánchez en pretendidos expertos en imagen y comunicación, resulta increíble que no fuesen capaces de prever la perplejidad social ante esas escenas tan reiteradas en los telediarios, las de grupos de inmigrantes ilegales disfrutando de instalaciones de recreo con piscina y spa en localidades turísticas de la costa, todo a cargo del contribuyente. Eso, tan demoledor en términos iconográficos, es la prueba de que la clase política del establishment y su séquito habita en una remota burbuja lunar. La izquierda —al igual que el PP— no está escuchando el ruido de la calle; de la calle y de las encuestas del CIS. O despiertan todos, y muy pronto, o la extrema derecha va a acabar capitalizando en exclusiva la marea subterránea de descontento popular. Al tiempo.