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Nuestros pijiprogres y Notre Dame

Sólo se ausentó el Reino de España, ya que el señor ministro de Cultura parece ser que tenía que acudir a un evento privado a la misma hora. Ah, nuestros pijiprogres.

Sólo se ausentó el Reino de España, ya que el señor ministro de Cultura parece ser que tenía que acudir a un evento privado a la misma hora. Ah, nuestros pijiprogres.
El ministro Ernest Urtasun en la cabecera de la manifestación del orgullo 2024 en Madrid. | EFE

Jean Luc Mélenchon, el líder de esa Francia Insumisa que acaba de deponer por las bravas al primer ministro de la República con el auxilio de Le Pen, no sé yo si será el mismo Demonio en persona como tantos creen a ambos lados de los Pirineos, pero lo que no admite controversia es que se trata de un rojo muy rojo, un rojo de los que ya no quedan. Nada que ver con la amorfa feligresía de esa Internacional Rosa que preside Sánchez. Por lo demás, y como no podría ser de otro modo tratándose de un rojo a la antigua usanza, Mélenchon igualmente ejerce de ateo. Bien, pues yo guardo grabada en mi memoria la imagen, allá por la primavera de 2019, del muy rojo y muy ateo Mélenchon llorando a lágrima viva ante la catedral de Notre Dame en llamas.

Lloraba desconsolado porque, a sus ojos, Notre Dame no únicamente representa un templo religioso dedicado al culto católico. Para Mélenchon, Notre Dame es Francia. Exactamente igual que para un patriota español, posea o no posea una visión trascendente de la existencia humana, la catedral de Santiago es algo que forma parte indisociable e irrenunciable de la identidad nacional de nuestro país, un país que se construyó luchando durante siglos contra el Islam. Y con la espada, pero también con la cruz.

He ahí la verdadera razón última de que a la progresía posmoderna y posnacional española le provoque ese instintivo repelús cualquier hecho, acto, obra intelectual o ceremonia pública que apela a la historia o a la tradición siempre que no se desarrolle desde un prisma exclusivamente vergonzante o reprobatorio. El acto de reapertura solemne de Notre Dame contó con la presencia de figuras institucionales de primer orden, empezando por el presidente electo de los Estados Unidos, tanto de Europa como del resto de Occidente. Sólo se ausentó el Reino de España, ya que el señor ministro de Cultura parece ser que tenía que acudir a un evento privado a la misma hora, tal vez una calçotada en alguna capital de comarca. Ah, nuestros pijiprogres.

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