
Tras haber vivido durante sesenta años en Cataluña con los ojos muy abiertos, yo solo he podido identificar a tres independentistas que fuesen inteligentes. El primero es Ferran Sáez Mateu, un filósofo de altura al que la España que se expresa en idioma castellano todavía no ha descubierto. El segundo es Miquel Puig, igualmente ignorado fuera del País Petit y quizá el economista más brillante que tengamos ahora mismo en la península. El tercero, en fin, es Jordi Pujol. Pujol, un hombre que ya ha llegado a esa edad a partir de la cual se puede decir impunemente la verdad, acaba de exponerles a los suyos tres de ellas en público.
La primera, que España ha ganado la guerra del procés porque es un país muy fuerte y muy viejo, no la monarquía bananera de chichinabo que tantos de su cuerda quisieron creer. La segunda, que España posee uno de los idiomas más importantes del mundo, una lengua presente en todos los rincones del planeta y contra la que resulta quimérico e ilusorio pretender luchar con eficacia. Y la tercera, que frente a esa realidad indiscutible y aplastante, a lo único que puede aspirar el catalanismo es a retomar la senda pragmática y realista de Prat de la Riba, el que fuera primer presidente de la Mancomunidad en tiempos de la Restauración.
Eso que acaba de verbalizar Pujol, lo han comenzado a pensar en su fuero interno muchísimos catalanes que, contra viento y marea, fueron a votar sí a la secesión aquel 1 de octubre de 2017. Muchísimos. Reconciliarse con la realidad siempre es importante en esta vida. Pero en el caso del independentismo sentimental catalán lo es de modo particular, toda vez que España no se puede gobernar sin la complicidad de los votos de Cataluña. No es amor, es demografía. Todavía hay quien sueña despierto pensando que el juez Peinado le va a abrir las puertas de la Moncloa a la derecha a golpe de sumario. Tonterías. La derecha española sólo volverá al poder si se entiende con la derecha catalana. Nacieron condenados a entenderse.