
Ocurre que, mirándolo desde la seguridad en retrospectiva que aporta la distancia, no son pocos quienes se atreven a defender a los "gudaris" que sumaron su granito en la lucha asesina del, así lo llaman, "pueblo vasco". La atrofia moral sobre la que se sustenta el argumento que les permite defenderlos, a quienes los defienden, consiste en señalar que allí donde había simple y llano terrorismo en realidad vibraba un sinuoso conflicto histórico. Que allí donde unos pistoleros sin agallas se dedicaron a poner bombas en la noche y a descerrajar tiros por la espalda de inocentes, en realidad lo hicieron respondiendo a una opresión mayor que amenazaba su existencia y justificaba cualquier represalia violenta.
Es un argumento curioso porque la mayor parte del terror que sembró ETA ocurrió bajo una democracia que garantizaba los derechos y libertades de todos los ciudadanos vascos, blindando además su comunidad política mediante un sistema autonómico que, en realidad, los privilegia.
Durante décadas esa comunidad fue extorsionada por quienes se hacían pasar por sus libertadores, obligando a cientos de miles a emigrar. Y lo que quedó fue, entre otras cosas, un silencio engorroso y una incomodidad pastosa más o menos generalizada.
Suele ocurrir que los carácteres cobardes son también los más atrabiliarios. De modo que no sorprende demasiado que esos mismos que bajaron la cabeza y callaron cuando tenían al asesino enfrente —si no bajo su misma piel—, se levanten y monten en cólera cuando lo creen tener a miles de kilómetros de distancia.
Lo llamativo no es eso, sino el objetivo de sus arengas y el argumento que las sustenta hoy. Para desmontarlo, si se atuviesen a su propia lógica, bastaría con responderles que, "igual que el vasco", Israel es un pueblo histórico amenazado de muerte por sus vecinos. Eso debería convencerles. Ni siquiera haría falta añadir que en Hamás no son demócratas, ni que no respetan los derechos y libertades de los ciudadanos inocentes contra los que sí que han atentado. Serviría simplemente con repetir que, "ante la amenaza de una opresión mayor que pone en riesgo su existencia, los israelíes se han visto envueltos en un conflicto armado que los ha obligado a ejecutar represalias justificadas. Con lamentables, sí, pero tristemente inevitables, al fin y al cabo, daños colaterales".
Ocurre que, mirándolo desde la seguridad que siempre aporta la distancia, es menos arriesgado tomarla con un ciclista en España que con Netanyahu en Israel. No digamos ya pasar la mala mar frente a las costas de Mallorca que frente a las de Oriente Próximo.
