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Y el 78 perdió a sus jóvenes

Me parece curiosa, cuanto menos, esa pendiente dialéctica que conecta reacción y dictadura con conservadurismo y religión.

Se comenta que los jóvenes —ese magma— ya no son demócratas, que abrazan el catolicismo pop —¿qué fue antes, Torquemada o Rosalía?—, la reacción, la añoranza mentirosa de un pasado que solo perciben más próspero porque nunca lo vivieron. Es difícil no coincidir con eso último. La memoria es peligrosa porque no puede evitar mentir, eso es así. Imagina los peligros de recordar a través de la mentira ajena. Se comenta menos que, de hecho, la democracia nunca ha sido un sistema históricamente necesario, que España es algo más que sus constituciones, o que la legitimidad de todas ellas ha descansado siempre en su coherencia interna, es decir, en que demuestren en la práctica las bondades de las que presumen sobre el papel.

Pero conviene ir por partes. No dejar que se nos escape el comienzo del artículo. A mí me parece curiosa, cuanto menos, esa pendiente dialéctica que conecta reacción y dictadura con conservadurismo y religión. Como si lo difícil fuese compaginar la creencia en Dios y un temperamento continuista con las convicciones democráticas, sistema por definición reformista y antirrevolucionario, a diferencia, qué sorpresa, de ese comunismo idealizado por la mitad de nuestro actual Gobierno. Para explicar esta curiosidad sociológica hemos solido recurrir, tradicionalmente, a la losa que nos dejó el franquismo. Pero ya han pasado cincuenta años y quizá sea más certero apuntar hacia el lado opuesto, es decir, hacia los esfuerzos incansables de una izquierda incoherente empeñada en identificarse ella sola con la palabra democracia. Y en empujar a quien se postule como su alternativa hacia rincones más oscuros en el diccionario.

En fin. Aun con todo, la tentación de limitarse a esa lectura entraña también sus propios riesgos. Uno podría pensar que el único motivo por el que tantos jóvenes reniegan ahora del sistema en el que han vivido durante toda su vida —es decir, sin que parezcan saberlo, de los derechos y libertades que les garantiza— es por un simple rebote de carácter cultural. Que, hartos de la hegemonía asfixiante de una ideología represiva, encuentran aire fresco en la caricatura que esta misma ha construido de la represión contraria. Lo que pasa es que eso sería dejar de lado lo mollar.

Y lo mollar no es otra cosa que un sistema que pregona en la tribuna lo contrario de lo que practica en los despachos. Es difícil renunciar a la libertad, a la prosperidad, a la igualdad ante la ley, a la protección de un andamiaje diseñado para evitar las arbitrariedades del poder, una vez se tiene todo eso. Una forma de hacerlo es cuando se percibe que, en el fondo, no se tiene. Que el sistema está podrido y aúpa a puestos de altísima responsabilidad a los más mediocres. Que ellos son los que se han encargado de alimentar una espiral de incentivos perversos y cortoplacistas según los cuales es necesario exprimir la leche del ciudadano para poder mamarla después, convenientemente, desde la teta del Estado. Que, para mantener esa posición, han abusado de los poderes que se les concedieron. Que han parasitado las instituciones, socavado los contrapesos y orillado la misma lógica que sustentaba su legitimidad, a cambio de blindar su impunidad. Que sus prioridades, una vez alcanzado ese estatus, han cambiado. Y que por eso ya no importa demasiado su gestión, pues el Estado se limita a ser una enorme hucha de la que se benefician exclusivamente quienes tienen acceso a su llave. Que los rostros pueden variar, algunos pocos incluso acabar entre rejas, y que tampoco importa, porque en el fondo no hay partido que no participe de la estafa. Que, por tanto, se sucederán pandemias, volcanes y riadas, y que siempre morirán y se enriquecerán los mismos… En fin. Si se ha llegado a ese punto, si un porcentaje cada vez más numeroso de la población lo tiene por consabido, ya se puede decir cualquier cosa. Se puede responder que ninguna dictadura es ajena a esos mismos males. Que hasta los magnifica… Pero chico, yo qué sé. La gente suele preferir que, por lo menos, no la engañen.

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