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Blanco remanso

Hay algo de paz en la catástrofe y yo sospecho que es la paz más pura de todas, pues nadie puede arrebatártela.

Hay algo de paz en la catástrofe y yo sospecho que es la paz más pura de todas, pues nadie puede arrebatártela.
Gtres

Durante los primeros minutos del Albacete-Real Madrid de Copa, el terreno se tiñó de blanco en una de esas metáforas que a veces aparecen en la vida, supongo, para que los profesores de literatura colapsen. No fue un teñimiento futbolístico —o sí: de los dos equipos sobre el verde, pareció que sólo había salido uno, casualmente el de blanco—. Fue un teñimiento neblinoso que si algo vino a sugerirnos fue que lo mejor del desconcierto, a fin de cuentas, es que nos inutiliza tanto que nos ahorra el sufrimiento de entenderlo.

Quién sabe. El caso es que se sucedieron varios minutos y en tres cuartos de los televisores de España las pantallas se volvieron niebla. Juan Carlos Rivero resonaba emocionado, suponemos que igual de sorprendido que el resto al descubrir que acierta más nombres cuando se ve obligado a inventárselos. Y los madridistas, llegados al fin al corazón del huracán que llevamos atravesando desde la última temporada de Ancelotti, pudimos por lo menos descansar la vista y respirar pensando que ahora sí, nuestros cabrones lo han conseguido: juegan tan mal que nos han dejado ciegos.

Hay algo de paz en la catástrofe y yo sospecho que es la paz más pura de todas, pues nadie puede arrebatártela. Ocurre en el segundo exacto en el que tiras la toalla. Es ese instante de insondable abatimiento que sin embargo se vive como un descanso curiosísimo, algo así como la muerte. Tiene sentido. ¿Qué paz hay mejor que la que nace de haber tocado fondo, es decir, que aquella que sólo puede acabar cuando se emerge? No existe. Quizá la que está experimentando en estos instantes Xabi Alonso, que ya ha emergido.

Hablamos de la paz del meme ese del perro rodeado de llamas que toma café mientras sonríe: "This is fine". La paz de Leónidas ante la lluvia de flechas, la de Nadal cuando por fin se rape, la que quién sabe si experimentará el sanchismo. En ella se apelmaza el cansancio y no es descartable que ahí resida precisamente su secreto, más o menos parecido al de la inmortalidad del señor Burns, que tiene tantas aflicciones mortales peleándose por llegar primero que ninguna consigue entrar por la puerta. Yo creo que estos remansos incomprensibles son milagros pequeñitos y por eso pienso disfrutar del que me atrapa en estos momentos todo lo que pueda. Tampoco debe quedarle mucho, también te digo. Escribo en jueves. Y el sábado jugamos.

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