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José García Domínguez

Ni Portugal nos queda

El 25 de Abril sigue constituyendo el último gran hito romántico de la política en Europa. De ahí la intensa desolación hoy.

Me pongo a escribir esto de hoy después de haber pasado un buen rato haciendo la maleta para viajar a Lisboa, la ciudad donde deberíamos poner la nueva capital cuando la Península Ibérica se reunifique de una vez, pero las noticias que van llegando de Portugal casi me animan a anular la excursión de mañana. España, que es un país de nuevos ricos horteras fascinados con todo lo que suene a anglosajón, ignora por sistema a nuestros vecinos del Atlántico. Y por eso aquí se suele desconocer tanto la gran diferencia cualitativa que existe entre su clase dirigente y la nuestra; huelga decir que a favor de la suya.

En la muy superior categoría intelectual de la élite portuguesa, como en tantos otros aspectos de la vida social, se nota el poso de la profunda influencia británica en la historia moderna del país. Incluso cuando tuvieron que proclamar un dictador, los portugueses se decantaron por un economista, Antonio Salazar, descartando la alternativa de un espadón cuartelero como constituye tradición consuetudinaria a este lado del Miño. Hasta las revoluciones las saben hacer como Dios manda. Y por ello el 25 de Abril sigue constituyendo el último gran hito romántico de la política en Europa. De ahí la intensa desolación hoy.

Porque en España, y gracias al proceder del pueblo soberano en las urnas, hemos rebajado el listón de la clase política profesional al nivel del betún a granel. Pero, al menos, aquí todavía no hemos promovido a un tertuliano de fútbol, ¡un tertuliano de fútbol!, a la dignidad de jefe de Estado, definitivo desastre civilizatorio que está a punto de ocurrir tras la linde de la frontera. Porque ese resulta ser el único oficio conocido del aspirante de la extrema derecha e inminente triunfador en las presidenciales, André Ventura, un charlatán de barra de bar obsesionado con que en Portugal hay demasiados gitanos. Uno de los muchos libros comprados pero nunca leídos que amontono en casa se titula 'La Ilustración oscura'. Creo que debería desempolvarlo ahora mismo y llevarlo a Lisboa. Porque de eso va lo que viene.

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