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De Tokio a Zaragoza, ¿son los populismos de derechas la solución?

La gente no se cree que cuando sea mayor cobrará una pensión, y pronto serán mayoría los pensionistas.

La gente no se cree que cuando sea mayor cobrará una pensión, y pronto serán mayoría los pensionistas.
Santiago Abascal durante un mitin de Vox en Valencia. | LD/Agencias

La victoria de Sanae Takaichi, la dama de hierro japonesa, con una mayoría histórica que los liberales no conocían hace 70 años, demuestra claramente que un partido que aparecía hundido hace dos años es capaz de remontar el vuelo si encuentra a la candidata idónea y entiende qué políticas se demandan en estos momentos.

Tanto el centroderecha como la izquierda no radical no encuentran fácil acomodo en tiempos turbulentos, y tiene una explicación. La misma que llevó a los conservadores a prescindir del pijo e indolente Chamberlain y ponerse en manos de Churchill que representaba el coraje y la resolución.

¿Por qué se está produciendo un giro hacia la derecha populista en el mundo? Lo hemos visto en muchos países y da igual que el candidato sea brillante o sea un rockero, un payaso, un insultón o un matón. Porque la gente percibe miedo, incertidumbre, a pesar de todos los avances tecnológicos, parece que la mayoría se aboca al abismo, que el mundo que hemos conocido se va a acabar, que los problemas se eternizan y la falta de soluciones también.

El gran problema del progreso es que llega a muy pocos, ¿de qué le sirve a un obrero de la construcción la IA, o los semiconductores a un desempleado de larga duración, o los satélites espaciales de baja órbita a una madre soltera que no encuentra casa porque es decente y no se aboca a la okupación? La falta de democratización del progreso genera mayores desigualdades de las que había antes, porque además se perciben. Si los que gobiernan participan de la fiesta de la innovación, del progreso, pues no entienden el problema, pero este existe y se agrava.

Rusia amenaza a Europa, Trump amenaza al mundo, China se empeña en una guerra por la superioridad militar, países que masacran a vecinos, cristianos que son masacrados en África. Seguramente antes pasaban cosas mucho peores, pero no nos enterábamos porque vivíamos pendientes del Bernabéu y las Ventas. La gente no se cree que cuando sea mayor cobrará una pensión, y pronto serán mayoría los pensionistas. Los jóvenes se quedarán en casa de sus padres hasta enterrarlos y suerte que son ya de familias de hijo único o de dos hijos, que se pueden organizar en el piso que compró papá en mejores tiempos. La sanidad empeora porque cada vez hay más pacientes y menos médicos y las escuelas no premian el talento sino la mediocridad, siendo lo único relevante la supervivencia del profesorado en un ambiente hostil. La inmigración no genera problemas, pero una parte de los inmigrantes sí, y muchos problemas, y perjudican a todo el colectivo; además existe una inmigración que aborrece de nuestra cultura y que pretende imponernos una diferente que vulnera nuestros principios inalienables. La corrupción echa por el sumidero la corresponsabilidad fiscal y los políticos solo viven para tunearse y mantener el puesto sin resolver problemas, más bien creándolos. ¿Cómo no van a estar cabreados los votantes?

Da igual quién sea el candidato, la idea es que cualquiera que viene con un mensaje diferente, de fuerza, es escuchado, porque en tiempos turbulentos, nadie quiere escuchar a panolis ni a académicos que se hablan a sí mismos.

Durante la amenaza nazi, Oswald Mosley lideró el partido nazi en Inglaterra, y compitió con Chamberlain, pero la llegada de Churchill representando al gran partido conservador ahogó las posibilidades del fascista, porque Churchill reunía la fortaleza de su partido y un mensaje de lucha y resistencia, y el pueblo le siguió.

En Europa, el centroderecha se debate entre pactar con la izquierda para detener al extremismo o echarse en sus brazos para poder gobernar en la esperanza de que el soufflé se desinfle. Las dos opciones son erróneas, lo que necesitan los partidos conservadores es eso, ser conservadores, y apechugar con los problemas y transmitir ilusión, convencerlos de que la victoria es posible y que merece la pena ir a luchar con el presidente de tu país.

Los discursos moderados, amigables, buenistas son para otros tiempos, no calan en la sociedad que está ávida de soluciones, no de palabras para que nada cambie. La derecha populista solo habla de problemas porque no tiene soluciones, porque como vemos en Estados Unidos, la gente no vive mejor, pero a lo mejor ya es tarde para los norteamericanos. Solo los grandes partidos que aborden los problemas reales, que no son los que ellos creen en su ideario, ni los que arrastran de la historia, sino los que vive la gente de la calle en su día a día, pueden enderezar el rumbo. Los extremos, si no entienden que la moderación es el camino, solo nos llevarán al caos y a más desesperanza, y entonces a saber en brazos de quién nos echamos.

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