
Las sucesivas borrascas que han arrasado Andalucía han tenido una víctima preferente: Grazalema, una villa blanca de cal y lluvia, que recuerda Alberti en su arboleda perdida. La vecina y prima de Benamahoma y Benaocaz donde José Antonio Primo de Rivera subido a una mesa afirmó haber visto a España viva, ha sido desalojada. Vayan lágrimas por ella en la esperanza de que el sol termine con tanta desventura.
Grazalema, la que esculpió el agua, la que subió tal alto para poder ver el mar, la de las tardes poéticas de la maestra y poetisa grazalemeña María Victoria Gallardo, Toya, Manuel Pérez Varela y el cura Carretero, donde cantaron muchos poetas gaditanos, como José Luis Tejada, injustamente maltratado pero un portento para Dámaso Alonso; Jesús de las Cuevas, Francisco Súnico, José Ignacio Varela, la jerezana Vicenta Guerra y otro grazalemeño, Juan Miguel Pomar, que cantó a sus águilas y a sus catedrales de piedra.
Grazalema de los pinsapos únicos, donde triunfan la peligrosa pero exquisita Cagarria del Pinsapar, la caldereta de cordero merino, el gazpacho "meneao" y el aguardiente de bruños o endrinas de la tierra. Tampoco son mancos los potajes de tagarninas, la sopa de espárragos o los amarguillos y los bollos de almendras.
Vieja Grazalema turdetana donde los romanos hicieron una calzada y una ciudad, la mora bereber de los Saddina y Banu-Salim con sus molinos de agua (de la Gran Zulema, escribió Serafín Fanjul) y finalmente la fronteriza y disputada Çagrazalema o Zagraçalema, la de la Peña de Salim, antes de ser una de las siete villas de Rodrigo Ponce de León o de las cuatro villas de la casa de Arcos.
La Grazalema de Pedro del Pino, que murió nadie sabe dónde y cómo defendiendo Cádiz de los franceses, la de Rafael del Riego y sus romances ("Grazalema, buena madre/que a sus hijos dando ejemplo…/La ha de dar por timbre y armas,/ Pantalón de blanco lienzo/ Y llamarla, a Grazalema, Pantalona de los fieros".)
También la Grazalema de los bandoleros, sobre todo de José María el Tempranillo, que asistió al parto de su mujer, Jerónima, en un cortijo del pueblo, a pesar de estar sitiado por los migueletes. Ella murió en el trance, pero él se escapó con su cuerpo sobre el caballo y su hijo en brazos. No, no huía. Volvió a la Grazalema de la familia para el bautizo del niño en la Iglesia de la Aurora cuatro días después y a pecho descubierto.
Grazalema la de las mantas serranas que han abrigado a los reyes de Inglaterra y de los paños de los que habló Richard Ford, la de viejos anarquistas como "El Maestro", Vicente Sánchez Rosa, "enseñaor" devoto de Fermín Salvochea, que tuvo una plaza en el pueblo, que fue acusado de inspirador de los sucesos de la Mano Negra de Jerez. La Grazalema a la que llegó Mora-Figueroa y donde aquellas dos Españas se mataron mucho y sin compasión.
La Grazalema que nunca visitó Franco aunque inauguró , eso sí, el pantano de Bornos, como el de Arcos y el de Zahara-El Gastor, imposibles sin la fábrica de agua que ha sido siempre su sierra. La Grazalema de los jornaleros que emigraron a Hawai para cultivar la caña de azúcar para los americanos. La Grazalema del toro de la Virgen del Carmen, toro de cuerda…La Grazalema de los moros y cristianos de Benamahoma, la de los columpios ("Dale las columpiás grandes/que te quiero ver las ligas/y te quiero retratar/de la cintura pa arriba") que a veces terminaban en tragedia.
Grazalema, la rica en habitantes y en productos ("Aquel que no tiene capa, se acuerda de Grazalema", la del teatro, la que amaba las representaciones de los cómicos que la incluyeron en el itinerario de las compañías y que vio cómo se prohibían las funciones en el siglo XVIII por la, incomprensible hoy, presión religiosa y la cerrilidad de los poderosos que querían secuestrar su tesoro para disfrute privado.
Grazalema, pueblo enriscado al que llegó un día Julio Caro Baroja "una mañana de escarcha", la del fandango ("No sé si me vaya a Ubrique/ o me vaya a Grazalema/ a Alcalá de los Gazules
o al Alosno que es mi tierra"), la de la sierra donde nace el río Guadalete, el de la batalla, y que en estos días se desborda en Jerez de la Frontera, otra ciudad herida por las borrascas.
La Grazalema de la otra agua, la buena, "Camino de Grazalema/ en medio de un olivar, /hay una fuente que mana/ agua de amor natural." La quintaesencia de los pueblos blancos de la provincia de Cádiz, que la llamó Fernando García de Cortázar. La que fue cuna del padre de Santa Ángela de la Cruz, José Guerrero. Grazalema, donde nació Dionisio Pérez, que según el centauro Fernando Villalón, elevó el concepto de hispanidad a los altares.
Grazalema de la resurrección. A veces hay misterios. Miguel Florián, el gran poeta español que vivió en Jerez y sabe de sus sierras, me recordó hace unos días la película de Carl Theodor Dreyer, Ordet (La palabra). En ella tiene lugar una resurrección, la de una esposa. Dice uno: "Su alma ya está con Dios" y el desconsolado marido responde: "Pero yo amaba su cuerpo".
No nos basta con que el alma de Grazalema sea inmortal. Queremos ver su cuerpo vivo de nuevo, sus calles serranas y su gente riendo y conviviendo en sus casas blancas como la nieve que en los inviernos crudos asoma primero sobre el Puerto del Boyar. Es la hora de resucitar, la hora de un milagro.
Claro que no me olvido de nadie, pero ay, Grazalema. Ay, España.
