
Comienzo a redactar estas líneas al tiempo que centenares de tractores llegados de la España interior y profunda, la decadente y despoblada, colapsan la capital. A esa España, la que no posee terrazas y balcones con vistas al mar, nadie se la toma políticamente en serio excepto la extrema derecha; un inmenso error. Porque esa España tradicional y agraviada, no la posmoderna de las metrópolis cosmopolitas, es la que va a decidir en las próximas elecciones generales. Vox es hoy el partido de ese trabajador manual que ha tenido que instalar una alarma en su piso de protección oficial, el mismo que tiene miedo ahora de que los hijos anden solos por el barrio en cuanto llega la noche.
Pero también es el partido del campo español que se muere, o sea, del campo. Y las próximas elecciones —decía— se van a decidir ahí, en la España de los tractores. Uno de los tópicos más repetidos desde siempre en la opinión publicada es el de que nuestra legislación electoral beneficia a los nacionalistas periféricos. Pero el equipo de la UCD que diseñó la asignación provincial de escaños en la Transición – aún vigente – sabía muy bien lo que hacía. Porque a quien en verdad prima esa norma es a la España que se está manifestando ahora mismo en Madrid; algo que solo los estrategas de Vox parecen recordar en estos tiempos.
Lo acabamos de ver en Extremadura y en Aragón. Y muy pronto nos lo volverán a recordar en Castilla y León. Estamos hablando todo el tiempo del gran feudo histórico del Partido Popular. Y resulta sencillamente asombroso que Feijóo, alguien que por biografía personal conoce como nadie esa otra España, no se haya dado cuenta todavía de que el acuerdo de libre comercio con Mercosur le está suponiendo una sangría incontenible de votos por ese flanco. Y eso que todavía no ha llegado lo peor. Porque la guerra, ahora sí, está a punto de acabar. Y Ucrania, el inmenso granero de Europa, ya está llamando a la puerta de Bruselas.
