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Javier Somalo

Estos políticos y estos periodistas

¿Puede alguien preguntarse de una vez contra quién han votado todas esas personas que les abocan al pacto o al fracaso?

El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, durante el pleno del Congreso de los Diputados, este martes en Madrid. | EFE

La mediocridad y la simplificación han copado el mundo de la cosa pública, una dedicación en la que antes, en términos generales, se encontraban excelencia y complejidad más allá de las ideas políticas. No es que hace treinta años todos los políticos estuvieran mejor preparados y fueran más honrados, pero el índice de inútiles y caraduras por metro cuadrado era más bajo. Hoy nos llega la peor hornada en el peor momento.

Que Gabriel Rufián se vea guapo y listo no es un problema nacional, sólo de su falta de criterio y de los mediocres a los que cautiva: periodistas acomplejados de pocas lecturas o jóvenes que, en tiempos de crisis, siempre buscan asideros grotescos, que ahora llaman "disruptivos". De un simple vistazo se adivina quién encaja mejor en un garito nocturno entornando la mirada que en un Parlamento. Leen a Martin Miller, no pasan de ahí.

Hay rufianes en todos los partidos, pero el niño creído de Esquerra es su arcángel. Ahora le ponen a dar "Un paso al frente", que suele ser el que da el voluntario —a veces forzado por alguien superior— ante sus limitaciones, justo el último antes del abismo. No termina de irse de ninguna parte hacia sitio alguno y eso le obliga a reinventarse, ya sea en un nuevo partidito político con despacho en Madrid la nuit o en La Isla de las Tentaciones. Si esta es la izquierda remozada que nos espera, mal vamos.

Otro problema distinto —este, más grave— es el auge estéril del centro derecha, o de liberales y conservadores nacionales —PNV y Junts son de derechas, pero separatistas—, como reacción al desastre nacional de este bolchevismo tardío que mastican y escupen Zapatero y Sánchez, Lenin y Stalin. Cuanto más se vota más se hunde el bloque de la izquierda y más sube el de la derecha. Pero ni por esas se abren los cielos, cosa que desespera al más paciente.

Los pactos más necesarios

Se oye mucho decir eso de que Vox y PP están "condenados a entenderse". Mal asunto. Es la misma fórmula que se ha usado siempre, salvando distancias, con judíos y palestinos para rendirse a la evidencia de una incompatibilidad insuperable. Pero Vox y el PP podrían acercar posturas si eliminaran de sus biblias cierta doctrina estéril que es más imagen de marca que dogma. Si miraran más por el votante que por el candidato. Si les aplaudieran un poco menos en cada bocanada de populismo callejero.

Ceder es siempre un trago amargo. Se pueden olvidar —archivar siempre es mejor— casi todos los elementos de fricción innecesaria que no hacen más que bloquear gobiernos y abrir la puerta a una posible reacción de la izquierda. Se puede orillar hasta la guerra sucia de políticos contra medios con tal de alcanzar el bien superior y urgente de rescatar a España de Sánchez, que es Zapatero, el comunismo caviar, la Rusia de Putin, la China de Xi Jinping, las cárceles bolivarianas y castristas, el robo a manos llenas, la extorsión como vicio o la amputación de valores y principios. La peor España en siglos.

No hay que comparar a Vox con Bildu para defender que un pacto es mejor que otro porque eso es partir de la premisa de que Vox y Bildu son los dos extremos del Mal. Bildu no debería ser un partido político y, después del 1-O, ERC tampoco. Vox tiene muchos defectos y algunos se hacen insoportables, pero de momento carece de antecedentes penales. Cuando tengan que gestionar, presupuestar y decidir acciones basadas en datos reales conocerán la diferencia entre el mitin y el gobierno, entre decir y hacer, entre hablar y trabajar, y probablemente mejorarán en su diagnóstico y todavía más en el remedio.

Resulta paradójico que un partido que no cree en el estado autonómico esté encontrando en él la fuente de su crecimiento y el escenario de las más cruentas batallas contra el PP, no contra la corrupta amalgama gobernante. A todos, sin excepción, se les llena la boca antes incluso de hablar. Pero el votante, y cada vez son más, siempre termina quedándose sin comer.

¿Puede Vox forzar un fracaso electoral en Extremadura, Aragón, Castilla y León o Andalucía llevando al límite las negociaciones de investidura al poner sobre la mesa su crecimiento? ¿Puede el PP permitirse el bloqueo por el hecho de ganar, pero sin votos suficientes para gobernar? ¿Puede alguien preguntarse de una vez contra quién han votado todas esas personas que les abocan al pacto o al fracaso?

A veces entra una tenue claridad por las rendijas de la lúgubre habitación en la que malvive el votante de centro derecha. Sin ir más lejos, la larga sesión plenaria del pasado martes, que incluía control al Gobierno y rendición de cuentas sobre el drama ferroviario de Adamuz, fue un buen ejemplo. Feijóo y Abascal localizaron al enemigo sin mirarse de reojo y no perdieron un minuto en adornarse el uno contra el otro.

El presidente acusó los golpes con sus habituales gestos convenientemente traducidos al lenguaje de espasmos por la vicepresidenta y candidata andaluza María Jesús Montero que ya se parece al histriónico de los hermanos Calatrava. Aquello fue Oposición. No habría estado de más algún aplauso cruzado de reconocimiento.

Pero el optimismo se torna ingenuidad, y la noche cerrada vuelve a anegar la habitación a la primera de cambio, cuando uno dice que a ver si los terceros van a chistar a los primeros o cuando el otro dispara por elevación y envidia contra Madrid… o cuando suceda lo que esté por llegar, que llegará, en esta carrera por la insensatez que sólo regala tiempo y argumentos a los que ya nos han mostrado, y da miedo, lo que tienen pensado para nosotros.

La crítica indocumentada siempre existirá, se pacte o no, y tratar de sortearla a estas alturas es de estúpidos. La Ley del doble rasero es inquebrantable y letal contra la oposición como vemos cada día en las redes sociales o en los medios de comunicación públicos.

Pedro señala, TVE dispara

Las izquierdas, la mediática y la política, nunca pierden la oportunidad de acusar al prójimo de sus propias faltas: machismo, corrupción o vicio irrefrenable con tarjeta "Gobierno de España". La Televisión Pública se ha convertido en el cuartel general de la Propaganda que alberga la mayor factoría de bulos y fango, la comida favorita de Sánchez. Es en esa tele obligatoriamente de todos donde los Cintora, Miró, Intxaurrondo, Ruiz y Santaolalla trabajan a destajo siguiendo consignas de La Moncloa y señalando, además de a los políticos de la oposición, a periodistas independientes: Federico Jiménez Losantos, Jorge Bustos, Soto Ivars, Ana Rosa Quintana, Carlos Cuesta, Nacho Abad, Iker Jiménez…

Pide perdón Rosa Belmonte pero no lo hace Gonzalo Miró, que pintó gratuitamente a Mazón borracho y con los pantalones bajados; o la propia Sarah Santaolalla, tan dolida pero siempre injuriando al resto con sus bulos que tienen bula; o Javier Ruiz, que compara a Nolasco con Hitler y se inventa el bulazo de la bomba lapa o entrevista a una cocinera que identifica como si fuera médico; o Jesús Cintora, que insulta pero prohíbe hacerlo y desprecia a Amancio Ortega por costear maquinaria hospitalaria; o Silvia Intxaurrondo, la muchomileurista comisaria jefe que también tembló con la bomba lapa que nunca existió contra el frágil presidente de sus entretelas.

¿Cuál era la palabra prohibida? ¿Tetas o tonta? Aclaró Belmonte que la frase "mitad tonta, mitad tetas" para aludir a una señora aparente pero sin luces procede de la serie La maravillosa señora Maisel, pero ni por esas pasó el corte de la censura. Quizá si lo hubiera dicho Penélope Cruz… Lo que resulta insultante es que estemos obligados a pagar elevados sueldos a ineptos que hacen de comisarios en una televisión pública que hace de patíbulo. Mienten, manipulan e injurian de sol a sol pero de pronto se sienten víctimas de una persecución fascista que obliga a interrumpir la conexión, poner la carta de ajuste, exigir disculpas y meter miedo al personal.

Ellos y ellas sí pueden, los demás que ni lo sueñen. Las dos mitades a las que alude Belmonte, que proceden de una serie de televisión, no son exactas. Hay mucho más de una que de otra.

Casi nada ayuda a un optimismo racional pero hay que dar la batalla diaria. Sin descanso ni complejos. Feijóo y Abascal ya tienen la dosis diaria de insultos pacten o no. Los periodistas también. Si cambian una constante, cambiará la ecuación. Sólo se puede mejorar.

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