Menú

Tropezarse con el poder

Es difícil presentarse como una opción ilusionante habiendo construido tu imagen de marca durante tantas décadas alrededor de la idea del mal menor

Es difícil presentarse como una opción ilusionante habiendo construido tu imagen de marca durante tantas décadas alrededor de la idea del mal menor
Feijóo | EFE

Siempre es arriesgado comparar a cualquier institución, a cualquier persona o incluso a cualquier deidad con el Real Madrid. Mucho más si esa institución de la que hablamos es un partido político, recuerda vagamente a una gaviota y lleva por siglas dos pés. El Real Madrid es algo diferente a cualquier cosa, algo inasible y profundo como el abrazo de un hijo, así que toda comparación se desvanece a su lado. El tema encierra todavía más delito si se tiene en cuenta que el Madrid suele ganar, no importa cómo, mientras que el PP ya podría ser el único partido del hemiciclo que pese a todo, quién sabe de qué manera, conseguiría perder.

Sin embargo, existe un nexo de unión, unas coordenadas específicas en las que ambos convergen. Tienen que ver con la animadversión. Con el Real Madrid ocurre que nunca en su historia ha jugado bien. Ha ganado más que nadie siempre entre el estupor y la sospecha, un poco como el hombre ese de negocios cuestionables al que cada año le toca la lotería. En realidad no importa mucho lo que haga, pues siempre podría haberlo hecho mejor. Y así su enorme escudo redondito parece diseñado a propósito igual que una diana. Un buzón de sastre en el que absolutamente todo el mundo, especialmente los madridistas, está invitado a descargar sus frustraciones, cuando no sus acusaciones de crímenes contra la humanidad.

En eso recuerda bastante al PP. Yo he llegado a escuchar simultáneamente que el problema del Madrid es que Mbappé no marca y que lo hace demasiado, porque es un acaparador. Y de la misma forma he leído a los mismos analistas criticar a Feijóo por ser demasiado blandito un martes y un extremista incendiario el viernes. Ni uno ni otro tienen solución. Ocurra lo que ocurra, intenten lo que intenten, consigan lo que consigan, tanto el PP como el Madrid generan la sensación compartida de ser dos cuerpos dando tumbos por el campo, completamente desorientados, sobrepasados por la situación. Y yo creo que lo que más frustra a quienes los observamos no es tanto eso como que, siendo verdad, proyecten todavía su perezosa imagen de indestructible inevitabilidad.

El antimadridismo llora porque el Madrid nunca te deja relajarte. Ya puedes verlo ir perdiendo 3-0 en el minuto 85 que sabes que tan solo necesita un repentino brote psicótico para ganar tres Champions antes del pitido final. Los españoles lloramos porque no importa mucho lo que hagamos, que sabemos que la alternativa del PSOE seguirá siendo el PP. Es difícil presentarse como una opción ilusionante habiendo construido tu imagen de marca durante tantas décadas alrededor de la idea del mal menor. Quizá ayudaría, en estos tiempos convulsos, presentarle al rebaño una estrategia muy clara que prometa sacarlo, paso a paso, del aturdimiento. Pero eso sería no entender la idiosincrasia del PP. Como el Madrid, se alimenta del caos, concretamente del suyo propio. Y algo me dice que lo que necesita más que nada es marearnos con él. Es consciente de que solo sabe alcanzar el poder si se tropieza con él.

En España

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida