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EDITORIAL

Los jueves negros de Pedro Sánchez

Este jueves se ha vuelto a constatar la extrema debilidad parlamentaria de Sánchez, su abrumadora minoría, su patética dependencia de unos socios que le dan la espalda y lo tratan como a un auténtico paria.

Se atribuye a Giulio Andreotti la máxima de que el poder desgasta a quien no lo tiene, pero como en todo, hay excepciones. No hay más que ver el cada vez más ajado aspecto del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para constatar que su manera de ejercer el poder le está pasando una dura factura en el plano físico y no digamos ya en el moral. Es cierto que Sánchez es el presidente, que reside en la Moncloa, dirige un Consejo de Ministros muy mermado intelectualmente y que de vez en cuando viaja por el mundo en representación de la institución que preside y el país que gobierna con más errores que aciertos, si es que hay acierto alguno en su penosa gestión. Pero no es menos cierto que su capacidad de maniobra está cada vez más limitada por la negativa de quienes le concedieron la investidura a aprobar sus iniciativas.

Este jueves se ha vuelto a constatar la extrema debilidad parlamentaria de Sánchez, su abrumadora minoría, su patética dependencia de unos socios que le dan la espalda y lo tratan como a un auténtico paria. La necesidad de conciliar voluntades y proyectos políticos opuestos ha llevado a Pedro Sánchez, a sus ministros y a su grupo parlamentario a un callejón sin salida que revela la cruda realidad de un Ejecutivo sin margen de maniobra y atenazado por las cuentas pendientes y las promesas incumplidas a los golpistas catalanes. No es ya que carezca de presupuestos desde 2023 y deba funcionar con unas cuentas prorrogadas en lo que constituye una inédita anomalía inconstitucional, es que debe suplicar a sus aliados e incluso a la oposición para evitar el colapso del país.

Sus chantajes tantas veces repetidos carecen ya de valor, de modo que otra vez más el Congreso ha tumbado uno de esos decretos ómnibus en los que con toda clase de trampas intenta colocar entre las medidas sociales nombramientos y disposiciones que nada tienen que ver con el interés general. Ya se ha repetido demasiadas veces la jugada de introducir subrepticiamente disposiciones para renovar consejos de administración como el de RTVE o aplazar la jubilación de cargos como el del último director adjunto operativo de la Policía Nacional entre medidas para la gota fría de Valencia y ayudas a los cientos de miles de damnificados por la cochambrosa gestión gubernativa.

El método de los decretos ómnibus ya no cuela. Ese chantaje ha dejado de funcionar porque hay otra manera de proceder, que es, además, la democrática. Los asuntos, uno a uno y sin trampas. Pero, claro, pedirle a un Sánchez Castejón que no haga trampas es como pedir peras al olmo. He ahí el caso del hermanísimo, el ínclito autor en teoría de la composición musical "La danza de las chirimoyas", obra cumbre de la desfachatez artística firmada por David Sánchez, quien se niega a facilitar al juzgado su dirección verdadera. El esperpento y la vergüenza a partes iguales entreverados por el indisimulado intento de entorpecer y eludir la acción de la justicia en lo relativo a esa plaza ad hoc en la diputación de Badajoz.

Pero no acaba aquí este nuevo jueves negro puesto que el Tribunal Supremo ha rechazado anular la condena del exfiscal general del Estado, el sicario del sanchismo Álvaro García Ortiz, utilizado por Moncloa como ariete contra Isabel Díaz Ayuso y que cayó en el intento por la zafiedad de sus procedimientos y el burdo montaje con el que se pretendía hostigar a la presidenta de la Comunidad de Madrid a través de su pareja. El auto del Supremo se resume en que "la filtración y divulgación de una nota, conforman el hecho probado con la relevancia penal y tipicidad que fundan la condena".

Sánchez arrancó su mandato creyéndose por encima de la ley, pero por el momento no está ni por encima de la ley, ni por encima de las mayorías parlamentarias, aunque eso le importe entre poco y nada porque para él lo importante no es gobernar para todos sino ejercer el poder de una manera despótica hasta el punto de estar convencido de que puede aguantar hasta el final de la legislatura a base de órdenes sin sustento parlamentario. Ese es el personaje, un déspota disfrazado de presidente capaz de conducirse hasta la ruina arrastrando con él a todos los españoles. Mentira tras mentira.

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