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Rapsodia húngara

El sistema húngaro edificado por Orbán se describe a sí mismo como 'democracia iliberal', concepto que implica una tensión interna

El sistema húngaro edificado por Orbán se describe a sí mismo como 'democracia iliberal', concepto que implica una tensión interna
Cordon Press

Las dos capitales más decadentemente bellas que todavía nos quedan en Europa son, y por este orden, Lisboa y Budapest. Por lo demás, la única diferencia relevante entre ellas remite a que en Lisboa – con permiso del Tajo– no hay nada parecido al Danubio, mientras que lo ausente en Budapest resulta ser algo que recuerde de modo razonable a una democracia liberal. Mientras escribo estos tres párrafos de hoy, Hungría acude a las urnas con una rutinaria normalidad administrativa que ya no dice casi nada sobre la calidad del sistema político. Los colegios electorales abren, las papeletas se depositan en las urnas, el trámite se cumple; pero esa apariencia de funcionamiento institucional no resuelve la cuestión clave: si existe o no competencia real por el poder.

Hace años, una encuesta nacional introdujo el término 'piresios' para medir las actitudes hacia los inmigrantes de tal procedencia. La gran mayoría, en torno al 70%, rechazó la arribada de ciudadanos piresios a Hungría. Pequeño detalle sin importancia: Piresia no existe. Esa definitiva paranoia identitaria colectiva es lo que explica el personaje de Viktor Orbán. El sistema húngaro edificado por Orbán se describe a sí mismo como 'democracia iliberal', concepto que implica una tensión interna: mantenimiento del procedimiento electoral junto con restricciones expresas a los contrapesos. La clave no está en la eliminación del voto, sino en la reducción del pluralismo vía el control de medios, recursos públicos y reglas del juego político.

El modelo no supone el colapso abrupto de la democracia representativa, sino la degradación lenta pero constante de sus premisas básicas. Es el quietismo de la rana hervida. La oposición existe, pero opera en desventaja estructural. La competencia electoral se mantiene, pero su capacidad de producir alternancia se debilita de modo crónico. Tan lejos pero tan cerca, el espejo es Venezuela. En ambos casos hay elecciones, pero nunca excesiva incertidumbre sobre el resultado final. La cuestión no es la legalidad del procedimiento, sino su efecto político real. Pues en una democracia iliberal, así el régimen de Orbán, todo, absolutamente todo resulta posible. Salvo la alternancia en el poder, claro.

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