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Amando de Miguel

Efímeros como las mariposas

La actual ley de la eutanasia nos deshumaniza, por mucho que haya sido aprobada de forma democrática.

Amando de Miguel
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Los individuos de la especie humana suelen vivir más años que los otros mamíferos. Ese dato lleva, por ejemplo, a lamentar el poco tiempo que viven los perros o gatos en compañía de los humanos. La mayor supervivencia del Homo sapiens es un producto de las condiciones de vida, de la alimentación variada, de la higiene. La inteligencia más desarrollada de nuestra especie ha servido para sobrevivir más tiempo que el concedido a nuestros parientes animales.

No obstante, la cultura ha propiciado, siempre, la conciencia de la fragilidad de la vida humana. El hombre es el único animal que es consciente de que va a morir y de que, al final, el momento del deceso irá por delante de los deseos y las expectativas. En otras épocas, la muerte de los humanos era un poco más aleatoria e imprecisa. Ahora, después de un conveniente sistema sanitario, la edad nos determina, aunque de manera aproximada, la probabilidad de morir. Naturalmente, hay que saber enfrentarse a los indicadores de ese fatal presagio.

No es verdad que la mayor parte de las especies de mariposas (debe de haber cientos de miles) duren solo una jornada. Sí se puede comprobar que la mayor parte de las mariposas no duran más de la estación del año en que nacen. A los efectos prácticos, y de modo subjetivo, nuestra vida humana nos parece más cercana al ritmo de reproducción de los hermosos lepidópteros. Al igual que ellos, a los humanos actuales no nos gusta permanecer mucho tiempo en el mismo lugar. Asombra la cantidad de energía que despliegan las mariposas para mover intensamente sus alas antes de dirigirse a un lugar concreto para libar una flor. Da la impresión de que son insectos dubitativos, por ese lado, muy parecidos a los mamíferos bípedos. Otra semejanza es que ambas especies gustan de adornarse y exhibirse, mariposear en todos los sentidos. Es como si las mariposas hubieran invertido mucho en alas y poco en cerebro. Es otro rasgo que, a veces, parece que puede atribuirse, metafóricamente, a ciertos humanos. No sabría yo decir si las mariposas son conscientes de su carácter efímero. Sin embargo, el hombre anda, continuamente, desasosegado respecto a la limitada duración de su existencia. Resuenan los cadenciosos versos de Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/ que es el morir”. El ansia de eternidad es algo que se asocia con la religión, los ritos mortuorios, la memoria de los antepasados. Desde hace unos cien mil años hay enterramientos humanos con flores. Es, quizá, la más cabal indicación del comienzo de la inteligencia, al detenerse en los símbolos. Por el contrario, la actual ley de la eutanasia nos deshumaniza, por mucho que haya sido aprobada de forma democrática.

A lo largo del último siglo y medio (cinco generaciones), la población española ha experimentado una firme tendencia al aumento de la expectativa de años de vida. Tal proceso parece, siempre, insuficiente. Por eso causan un enorme padecimiento colectivo los sucesos de una mortandad extraordinaria: guerras, epidemias, desastres naturales, terrorismo. Tanto es así que, llegado ese momento, la decisión de los que mandan es ocultar los decesos todo lo que puedan. La ocultación se disfraza, después, con actos de homenaje o de enaltecimiento simbólico de las víctimas mortales.

La pandemia actual del virus chino (ahora, con el añadido de sus otras versiones nacionales) es un caso paradigmático de la ocultación de las cifras de la mortandad extraordinaria. Es el equivalente moral de una guerra. Solo que, ahora, la Muerte (se dice en femenino en español y otros idiomas romances) no se complace en elegir a los varones. Sí, en cambio, a los viejos (que dicen “mayores” o “más mayores”). Es una especie de venganza anónima contra la secular tendencia del aumento de la longevidad. Es una sordidez que la ley de la eutanasia se haya promulgado en España durante el cenit de la curva de la pandemia. Ya es triste ver perecer a los viejos como si fueran mariposas. La novedad es que, ahora, se limitan todo lo posible los ritos funerarios, por temor a los contagios.

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