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El boicoteo de los productos catalanes

El secesionismo catalán ha hecho antipáticos a muchos catalanes y a las empresas del Principado.

Amando de Miguel
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Josep Borrell, durante su alocución del pasado día 8 | EFE

Son muchos los episodios interesantes que nos ha proporcionado recientemente el secesionismo catalán. Hay uno, minúsculo, que apenas se ha comentado y que merece un escolio bienhumorado. En medio de una insólita soflama patriótica, en hermoso catalán con incursiones a otros idiomas, Josep Borrell lanzó un sorprendente consejo a la multitud enardecida. Ni más ni menos, que los varios millones de ingenuos oyentes se hicieran con una botella de cava catalán. ¿Por qué no champán francés o sidra asturiana? Habría sido más coherente con el tono cosmopolita que quiso dar el fogoso político socialista a su oración, exhibiendo, por ejemplo, la bandera estrellada de la Unión Europea. Se le olvidó el detalle de que las estrellas de esa bandera son las de la corona de la Virgen María. No importa, se trataba de ridiculizar la estelada catalana. Por ese lado se le perdona la intención.

Entiendo que un político en un acto público no tiene por qué aconsejar que los contribuyentes (ahora dicen "ciudadanos") adquieran un producto cualquiera, por muy bueno que este sea. Si el exministro de Hacienda se saltó tal precepto no escrito es porque se vio obligado de prevenir un posible boicoteo a las empresas catalanas. "La pela es la pela, tú". Puede que alguien le encomendara echar una mano a los industriales catalanes. Pues se equivocó de medio a medio. Muchos millones de oyentes ni siquiera se habían planteado ejercer represalias contra el cava catalán por los desafueros de los independentistas. Seguramente muchos vieron en las palabras de Borrell un estímulo para sumarse al boicoteo de ciertos productos catalanes.

Aunque la prédica de Borrell estuviera acertada como ayuda impagable al quebrantado sector del cava catalán, su conducta me parece de mal gusto, por decir lo más fino. Un político jamás debe aconsejar que se compre un producto comercial. Nos salimos del márquetin para entrar en la propaganda de la peor especie. Los españoles somos libres de comprar, o no, este o estotro bien o servicio. Al mismo tiempo, existe igual libertad para boicotear un producto o una empresa por las razones que sean. Lo de menos es que yo opine que la práctica del boicotear marcas comerciales o empresas de uno u otro territorio es una solemne tontería. La libertad, por encima de todo.

Hay algo real por encima de (ahora se dice "más allá de") la anécdota que cuento. El secesionismo catalán ha hecho antipáticos a muchos catalanes y a las empresas del Principado. El triste eslogan del separatismo catalán "España nos roba" ha exasperado a los españoles de toda condición. Más bien aflora la sospecha de que ciertas grandes empresas catalanas han sabido aprovechar muy bien la munificencia del Gobierno de España. En cuyo caso, simbólicamente, habría que precisar quién roba a quién. Por no hablar del famoso tres por ciento del sistema de corrupción imperante en el mundo empresarial y político catalán de los últimos decenios. Esto del secesionismo catalán se nos ha convertido en una versión del puerto de arrebatacapas. Ya es triste. Como lo es la airada reacción de muchos españoles de fuera de Cataluña: "¡Pues que se vayan!". Pues no, señor. Sería como arrojar el bebé por el desagüe de la bañera, que dicen los alemanes.

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