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El portaaviones varado

No hay forma de explicar por qué menudean tanto las 'okupaciones' de edificios en nuestra democrática sociedad.

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Compostela Aberta

A lo largo de mi larga y asendereada vida he recibido constantes incitaciones a conseguir la aspiración de una vivienda propia. Tal pretensión representa el constante ideal de la clase media de hacer ver que es acomodada. Viene a ser una especie de sustituto vicario del viejo ideal de poseer tierras como símbolo de posición social. Bien, la mayor parte de los españoles hemos cumplido ese propósito de conseguir una vivienda en propiedad, aunque haya sido a costa de pagar enormes intereses por las hipotecas. Hay que añadir una ingente e incalculable cantidad de impuestos, licencias, ibis y todo tipo de pagos. Nos hemos dejado los ahorros de una vida de trabajo en el empeño.

En el mejor de los casos nos hemos instalado en una vivienda que cuenta todo tipo de cachivaches eléctricos y electrónicos: calefacción, aire acondicionado, microondas, alarma, fibra óptica, internet, etc. Algunos más privilegiados o más refitoleros han instalado además los archiperres de la domótica. Bien es verdad que con todo ello las casas son ahora más cómodas que en la generación anterior. Por ejemplo, es clara la utilidad de poder ver películas o partidos de fútbol a discreción en el cuarto de estar. Todo eso significa un coste altísimo, del cual ya no podemos prescindir. Tanto es así que en muchas viviendas se precisaría un jefe de mantenimiento para que la vivienda funcionara correctamente. La cual viene a ser como un portaaviones, por lo compleja que resulta. Cierto es que, en lugar del ideal jefe de mantenimiento, se llama a un teléfono de atención al cliente y en seguida nos reparan las averías, bien es verdad que pagando. Al final, resulta que el portaaviones se encuentra varado, tan caro resulta mantenerlo operativo. Lo que pasa es que ya no podemos retroceder. No es posible habitar viviendas más sencillas.

En España ha cundido la idea de que la vivienda en propiedad, para serlo verdaderamente, debe servir para varias generaciones sucesivas. Pero esto es otra falsa ilusión. Para empezar, durante toda la vida nos vemos obligados a pagar un ibi al Ayuntamiento por utilizar nuestra vivienda. Es otra manera de decir que realmente la casa es realmente del Ayuntamiento, al que le pagamos una especie de alquiler en forma de impuesto. Ese precio no se determina de forma contractual, sino que lo fija el Ayuntamiento con criterios escasamente democráticos. Por ejemplo, siempre sube, por mucho que se deteriore la vivienda. Aunque nos tragáramos todos los impuestos sobre los bienes inmuebles (donoso eufemismo), lo más probable es que nuestros biznietos no tengan ningún interés en habitar la casa solariega o pairal de sus bisabuelos. Es más, puede que les guste más vivir de alquiler o en domicilios varios según su paso por diversos países. Menos mal que los bisabuelos ya no estaremos aquí para verlo.

Ahora se añade una amenaza más a los dueños de las viviendas. En cualquier momento, sobre todo si son modestas, pueden ser okupadas por facinerosos disfrazados de progresistas o de inmigrantes necesitados. Lo más doliente del asunto es que los tales son protegidos por las autoridades políticas, policiales y judiciales. Nadie entiende tal escarnio. Cuando el derecho de propiedad puede ser violado impunemente, todos los demás se convierten en papel mojado. No hay forma de explicar por qué menudean tanto las okupaciones de edificios en nuestra democrática sociedad. Mi impresión es que, tal como estás las cosas, irán a más. De poco vale la serie de medidas jurídicas que se están implementando al respecto. El problema es primordialmente político y de altos vuelos.

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